Todo empieza con un libro que tengo en mi biblioteca y, como aún tiene la etiqueta, sé que lo compré en el malogrado FNAC de la Avenida de la Constitución de Sevilla. Digo malogrado porque lo cerraron y se lo llevaron al centro comercial de la Torre Pelli. De todas formas, estas plataformas culturales que durante los dos mil fueron para mí un lugar casi de culto, están ahora de capa caída, por los derroteros que ha tomado el mundo de la música y el cine, dos de los elementos fundamentales que sostenían este lugar, donde descubrí a más de un grupo escuchando a través de los auriculares colgantes o en el que compré la mayoría de los DVD que tengo como colección casi olvidada de recuerdos. Pero la vida y los negocios mutan, y más en este mundo capitalista que todo lo engulle.   

El libro en cuestión es Del color de la leche de Nell Leyshon que me compré, recuerdo bien, por el título y la portada, como a veces hago con los libros. Y sé que esto no es nada científico, ni siquiera inteligente, pero a saber lo que manejan nuestras mentes ahí dentro. La cuestión es que me cautivaron título y portada, y por eso lo compré. Estoy seguro que no fue el marketing del premio que recibió en el 2014 por el Gremio de Libreros de Madrid, porque creo que lo compré un poco antes, en otoño del 2013. Cuando lo leí entonces me quedé con la imagen de una de las protagonistas más valientes e interesantes que se habían escrito y cuyo discurso, como dice la autora, está escrito para las mujeres del futuro, porque ella escribe en el siglo XIX, pero quiere dejar sus testimonio para quienes la escuchamos ahora. 

Recordaba, cómo no, la forma del libro, y su final, pero nada más. Y me llega la oportunidad a través del Teatro de la Abadía de asistir a un Club de lectura que tiene como protagonista a ese mismo libro. Y no solo un club, sino también, un encuentro con la autora y después poder ver su adaptación al teatro. Busco el libro en mi biblioteca rezando para que no se haya quedado olvidado en una de mis recientes mudanzas y ahí está. Se vino conmigo. Comienzo de nuevo a leer. Y me doy cuenta de algunas cosas. La primera que todo libro tiene su lugar y su tiempo, y este me esperaba aún en la biblioteca para ser releído a pesar de los avatares de los últimos meses. Y la segunda es que la lectura cambia al mismo ritmo que tu propia vida. Cuando lo leí antes tenía diez años menos. Y una década se nota en la vida, en el poso y en la mirada. 

La mirada que tiene la autora y la voz que quiere encontrar su protagonista. Porque de eso va el libro: de buscar su propia voz, a través del sencillo gesto de aprender a leer y escribir para contar su historia. Me acordé de Teresa de Jesús que apunta que sus escritos no son tanto una búsqueda literaria sino un camino para “darse a entender”. La lectura me trajo a la mente esa necesidad que tenemos todos de buscar el lugar, el espacio, el hogar donde vivir. Y de eso hablamos en el encuentro con su autora, que pasaba por España con motivo del estreno de su adaptación de la novela a obra de teatro.  Porque ella es más dramaturga que escritora. De hecho, fue la primera mujer en escribir una obra de teatro para el Shakespeare Globe. Desde ahí escribe, ese es su lugar, pero la adaptación de este libro ha sido todo un reto por el idioma, por la traducción, por el punto de vista de ella misma y del director de la obra, Fernando Bernués. Varios encuentros en Londres con texto en inglés, sugerencias en español, notas en inglés, visiones en español. Casi la dinámica del teléfono escacharrado para construir una nueva mirada, un nuevo lugar para Mary, la protagonista de esta historia. 

Algo curioso es que Nell Leyshon lo hace sin imágenes, porque sufre de afantasía, la incapacidad de generar imágenes mentales de gran nitidez. Y me llamó la atención cómo alguien que no está dotada para generar imágenes en su cabeza es capaz de componer, por oficio y trabajo, el mundo literario que esta mujer tiene a sus espaldas, tanto en la narrativa como en el teatro. A veces, de la ausencia se hace virtud, y lo que para nosotros resulta imposible, para ella es algo que tiene incorporado en su vida, de tal forma que lo cuenta con toda naturalidad ante nosotros. También creo que es una liberación eso de no generar tantas imágenes que alimentan de tal modo a la “loca de la casa” que acaban por alocarnos, como diría un amigo. 

Del encuentro, entro en la sala San Juan de la Cruz del Teatro para ver la versión. El texto se hace carne, en la presencia y en la voz de unos actores. De seis actores que están en escena todo el tiempo y componen el mosaico de voces que se extiende en toda la novela. De la narración al teatro hay un camino largo. Joseba Apaolaza, Miren Arrieta, Mireia Gabilondo, Aitziber Garmendia, Jon Olivares y José Ramón Soroiz lo hacen muy bien. Forman parte de la compañía de teatro vasca Tanttaka Teatroa y celebran este año su 40 aniversario. Todo un logro con lo que está cayendo para el mundo del teatro y las artes. 

Hay voz en la novela y en la obra de teatro contra los abusos. Aquí se juntan de nuevo religión y abusos, a mi pesar, porque me duele que estas realidades se encuentren, una y otra vez, siendo tan contrarias, pervirtiendo el camino de la fe y del encuentro de muchos creyentes. Lo hace a través de uno de los personajes que utiliza su estatus y se ampara en su soledad para abusar de una menor. ¡Gracias a Dios que hemos sabido alzar la voz contra esta plaga que ha asolado el mundo durante mucho tiempo! Y aunque aún quede mucho por hacer, se ha abierto el camino del cuidado y el horizonte del respeto. Aún siguen cabalgando por ahí muchos que creen que siguen alimentando este tipo de fechorías. Pero como dice la Escritura: “No habrá paz para los malvados”. Porque mucha gente, como Mary, ha encontrado la manera de alzar la voz.  Y su voz acabará poniendo en evidencia la maldad de unos cuantos. 

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