Esta semana me rondan por la cabeza muchas cosas porque, a veces, pasan por nuestra vida tantas cosas en tan poco tiempo que tengo, de alguna manera, que centrarme en algo para contar en este blog cultural que es como un diario de vida que, sin habérmelo impuesto, me obliga a contarme y a contar lo que veo y lo que siento. 

Y entre tanta resonancia, quizás la que más eco ha tenido ha sido la asistencia a la última producción de la compañía Los Bárbaros en el Conde Duque. Lo hago de la mano de uno de los protagonistas de esta obra, Jesús Barranco, que ha protagonizado a su vez la trilogía a la que pertenece esta pieza: obra incompleta-obra infinita y esta, imposible. La primera, que era un monólogo de Jesús se estrenó en La Abadía y no pude verla, la segunda en el Dramático, en la sala Princesa. 

Centrándome en esta pieza puedo decir que me entusiasmó porque, como dicen algunos de los críticos y las personas que la han visto, habla de muchas cosas que nos pasan, de lo que se queda en el ambiente, de qué hacer con tantas ideas que tenemos, de los días que pasan, del «un día más, un día menos», de cómo la realidad se puede volver a tornar en utopía, en esperanza, en abrazo. 

Le he cogido el gusto a ver teatro este año. Y viendo teatro he descubierto cómo, en la mayoría de los casos, este arte está pegado a la realidad, a lo que vibra a nuestro alrededor. Visto desde una perspectiva, claro, como todo lo que se hace desde aquí, desde el primer mundo y desde un lugar acomodado, pero cada vez más abierto a la reflexión, a los que no cuentan, a los que se quedan en el camino. Si en la Iglesia tuviéramos los oídos abiertos a la realidad como la cultura que está a nuestro alrededor, otro gallo nos cantaría. No podemos olvidar la tierra que pisamos, el aire que respiramos y los dolores y alegrías de la gente que camina a nuestro lado. Si el arte y la mística pierden toma de tierra, la obra se torna del todo imposible, como esta pieza de Los bárbaros. Podemos seguir retransmitiendo, pero Úrsula seguirá sin escucharnos, sin poner la canción que deseamos. Y toda la realidad será una estética vacía, una ética sin compasión, una teoría sin alma. 

A raíz de la obra, me puse a leer Realismo Capitalista de Mark Fisher que me hice con él en su momento. Aproveché un viaje a Santander para empezarlo y casi terminarlo y para cambiar la ponencia que me llevaba allí. Su intuición y su manera de explicarla me parece fantástica. Una propuesta interesantísima que tiene múltiples ecos y que se abre constantemente a describir un mundo en el que el capitalismo rampante y feroz mete sus tentáculos en todos los sitios. Desde esa conciencia nos toca reaccionar, quizás bailando una canción, quizás resintonizando la emisora, quizás escuchando algún que otro canal. Cada uno encontrará su lugar o no. Javier Hernando y Miguel Rojo comienzan ahora una nueva etapa. Con la obra terminan la trilogía y comienzan una etapa. No saben si lo siguiente será imposible, como su obra, pero seguro que les abre a un horizonte nuevo. Mientras, seguirán bailando la canción, brindarán con los amigos, celebrarán la vida y mirarán al futuro con una pizca de esperanza, sabiendo que no todo está perdido. 

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