Nuestra pastoral, nuestra religión, nuestra solidaridad, no pueden irse de vacaciones porque las situaciones que generan el sufrimiento de los demás no lo hacen.

En nuestras aulas, durante todo el curso escolar, se suceden numerosas actividades solidarias cuyo objetivo principal es, en primer lugar, la concienciación y sensibilización del alumnado sobre los problemas mundiales y locales. Serán los adultos del mañana y los encargados de arreglarlo o mejorarlo. Por tanto, es esencial conseguir que permeen los mensajes. Otra cosa es que usemos adecuadamente los medios, los canales o los lenguajes para conseguirlo. A nuestro favor tenemos que las edades más tempranas son a la vez las más impresionables o las más moldeables en el más sano sentido de la expresión al permitirnos dar forma a personas con valores universales y especialmente evangélicos.

Pero, además, muchas de esas campañas van dirigidas al desarrollo de proyectos específicos para los que se requiere aportación económica. Por tanto, es habitual ver a los niños y niñas del colegio pidiendo dinero para dichos proyectos. Solicitándolo de familiares, vecinos, amigos o incluso desconocidos. Pidiendo para los otros, removiendo conciencias, sensibilizando corazones.

Y ese es el milagro. Que no solo se ayuda al necesitado, sino que se ayuda al que ayuda, porque la solidaridad y la búsqueda de la justicia social son valores universales que deben trabajarse desde la pastoral escolar.

Lo positivo es que esas pequeñas aportaciones pueden suponer grandes cambios en la vida de quienes las reciben. Lo que para nosotros es insignificante, para otros puede suponer la vida. Casi nada.

Pero, claro, luego llegan las vacaciones y todo se paraliza. Salvo la necesidad, la desigualdad o la injusticia. Esas no tienen descanso.

Eduquemos en una conciencia de solidaridad atemporal, que no va por horas ni por campañas porque corremos el riesgo de convertirla en una actividad escolar más, como una transversal, una excursión o un teatro. Y es algo más profundo. Ya que se trata de vencer el escalón que nos separa para evitar lo que el papa Francisco decía en una de sus audiencias «nuestra interdependencia se convierte en dependencia de unos hacia otros, aumentando la desigualdad y la marginación; se debilita el tejido social y se deteriora el ambiente».

Que nadie espere por necesidad la ayuda de nuestros niños y niñas. Que lo único que esperen de ellos y ellas sea un saludo, una sonrisa o un abrazo.

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