Me pregunto como Alejandro Sanz “¿quién llenará de primaveras este enero?” A veces las ausencias, las pérdidas, vienen de la mano de esperanzas que se convierten en novedad, en nuevos brotes, en nuevos nacimientos. Y ahora que hemos pisado el umbral del último mes y sin haber podido “frenar enero”, la vida vuelve a abrirse paso a pesar de las dificultades.
El otro día proclamábamos en misa de diario la Parábola del sembrador y de nuevo, Jesús volvía a hacernos caer en la cuenta de lo complicado que es nacer, despertar, resucitar. Hay demasiada tierra mala, demasiados abrojos, demasiado ruido, y tanta información que necesitamos hacer una cura de silencio y soledad para poder ver el horizonte con algo más de claridad. Y aposentarnos en la tierra buena, en ese espacio que acoge y cobija para nacer.
De las mejores noticias que hemos recibido a lo largo de este mes ha sido la Regularización extraordinaria para personas extranjeras que ya están en España que ha aprobado el gobierno a partir de una una ILP respaldada por más de 700.000 firmas y que está respaldada por muchas asociaciones e instituciones de la Iglesia. Porque más allá de cualquier ideologización, cualquier rechazo u oportunismo, es una buena nueva para miles de personas que están en un limbo administrativo y burocrático que no les permite avanzar. Desde primeros de enero comparto con algunos de ellos el desayuno y la cena muchos días. Apenas ocho de esos miles de personas que se podrán beneficiar de esta medida a la espera que se concreten los detalles y las exigencias. En una de las cenas de esta semana hablábamos de ello y, aunque la recibían con alegría y esperanza, tenían también las reticencias lógicas de quien está acostumbrando a perder, a vivir en la vulnerabilidad. Esa que pretende salvar la regulación sacando a las personas de ese limbo. Sin embargo, los trámites y la burocracia, como los pensamientos intrusivos siempre vuelven. Es normal, porque ellos han cruzado muchos desiertos y lo vivido no les permite abrazar una realidad que se reciba como regalo.
La presencia de estos chicos, como los de mucha más gente en nuestro país, no es reciente ni apresurada, llevan viviendo un tiempo con nosotros. La regularización permite que su presencia pueda ser reconocidos jurídicamente. Espero que sus nombres entren en esa gran lista, que se sumen a esa oportunidad porque ellos tienen todo un futuro para compartir y vivir. La relación con la sociedad que los acoge ya están pidiendo a gritos una oportunidad para la esperanza y el futuro. Aquí comparto una espléndida reflexión de una comunidad de jesuitas de Almería que abunda mucho mejor que yo en el tema: https://www.mesaporlahospitalidad.com/sobre-la-regularizacion-rostros-antes-que-cifras/
Entretanto, llega a mis manos el precioso poemario de Karin Boye, Brotar duele, (Editorial Galaxia Gutenberg) que contiene una selección de sus versos comentados a su vez por Theodor Kallifatides. El escritor griego conoció a la escritora por una expresión que utilizó su suegra mientras almorzaban: “Ya, es que brotar duele, como dice Karin Boye”. Y la frase y el nombre de la escritora se le quedaron en su memoria, hasta tal punto, que vuelva a sus versos para construir un diálogo hermoso con la vida de Karin que recomiendo leer. Como apetito, estos versos:
Entonces, cuándo es peor y nada ayuda
Los brotes del árbol rasgan en júbilo,
Entonces, cuando ya no existe ningún temor,
Caen brillantes las gotas de la rama
Se olvidan de su temor ante lo nuevo
Se olvidan de su ansiedad por el viaje
Viven su mayor certeza por un segundo,
Y descansan en esa confianza
Que crea el mundo.
Resuenan de nuevo esas palabras del Evangelio “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda baldío; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24). Quizás la vida consista en eso, en brotar una y otra vez aunque nos duela, en que la vida se ofrezca como ofrenda, en que el camino se nos vuelva a convertir en horizonte aunque a veces no seamos capaces apenas, de vislumbrar la claridad.


