Acabo de ver la película Bergers (Sophie Deraspe, 2025) y me acuerdo de ese verso de Juan de la Cruz en su Cántico Espiritual: “Pastores, los que fuerdes allá por las majadas al otero (…)”. El título de la cinta traducido a nuestro idioma significa “Pastores” pero los distribuidores han pensado mejor que se llame “Hasta la montaña”. Creo que el título original define mejor su contenido aunque el título español, también apunta a una meta y tiene igualmente sentido.
La película cuenta la historia de Mathyas (Félix-Antoine Duval), un joven insatisfecho por su vida y su trabajo que se muda de Montreal a la Provenza para dedicar su vida a ser pastor. Cambia el sentido de la vocación, orientándola a un lugar tan distinto como desconocido para él, lejos del mundanal ruido. Se puede ver en el filme una idealización de una nueva vida, la vida en el campo que inevitablemente se da de bruces con la realidad. Lo que comienza siendo fuente para escribir una nueva etapa, “un manual de pastoreo” se acaba cruzando con un oficio duro, una cotidianeidad repetitiva y unas gentes rudas que luchan por sobrevivir en un momento complicado. Y Mathyas se va dando cuenta en el camino que la montaña es pura ensoñación y que la idealización de la vida en el campo le nubla la percepción de la realidad. “La trashumancia no solo es poesía, es hierba” dice en uno de los momentos.

Al héroe de esta historia lo acompaña Élise (Solène Rigot), una funcionaria en prácticas perdida en la burocratización que acompaña al héroe en su camino. Ella lo acompañará ese verano con el rebaño, bañándose en aguas cristalinas y soportando la visita inesperada de los lobos. Las adversidades, la manera de afrontar los problemas o el disfrute en la precariedad están dibujados en el guion y acompañados por la magnífica fotografía de Vincent Gonneville.
Como dice uno de los personajes “ser pastor es una forma de estar en el mundo” y quizás Mathyas y Élise juegan a perderse en ese juego, pero no sabemos si será su destino final toda su vida. Por otra parte, difícilmente podemos aventurar el futuro en ocasiones cuando buscamos escapar o cambiar nuestra brújula vital. El viaje es el camino y aquí se nos cuenta parte de ese viaje, el que realizan durante un verano de sus vidas. No sabemos a qué lugar volverán después de la experiencia.
La montaña o el monte me lleva de nuevo a Juan de la Cruz. Su obra Subida del Monte Carmelo nos presenta una propuesta radical y profunda de subir a una cima dejando a un lado los veneros que nos confunden o hacen que nos equivoquemos en la subida. Él mismo dibuja el monte, visto desde arriba, y lo corona con un estribillo que suena con rotundidad: “Y en el monte, nada, nada, nada”. Muchos lo han etiquetado a partir de esta obra como “el maestro de las nadas”, sin entender nada del santo carmelita, porque la llegada a esa cima y la rotundidad de ese vacío propio no es más que una referencia al encuentro con Dios, plenitud y regalo. Los místicos saben muy bien que el encuentro con Dios hace que la vida cambie de manera tan radical que ansían que se “rompa la tela” para poder vivirlo. La tela es el tránsito, la misma muerte, el paso a los brazos del Padre.

Volviendo a la película, se estrena este viernes en los cines, en medio del tiempo de Cuaresma y su mirada contemplativa siempre nos regalará horizontes y caminos. Leer a san Juan de la Cruz también es una buena opción en este tiempo en el que vamos deshojando la propia vida para unirnos más a Él en la fiesta de la Pascua.


