NADIE PUEDE DESAPARECER DEL TODO

La memoria que abraza, la fe que reconoce y el amor que devuelve un lugar a quienes el mundo olvida.

Hice un hueco durante el primer fin de semana de estreno de La bola negra para ir al cine y dejarme llevar por el fenómeno y la expectación que había despertado la película. Todo el mundo hablaba de ella: las redes sociales y la televisión estaban llenas de comentarios, y su estreno llegaba acompañado de emociones, debates e incluso nominaciones.

Salí del cine sorprendida, encantada y, sobre todo, descubriendo que había sido alcanzada por la película, que me había tocado dentro. Hay películas que no terminan cuando se encienden las luces: se quedan contigo, te acompañan y siguen hablándote por dentro. Aquella noche, durante la cena posterior con mis amigos, no conseguíamos dejar de hablar de ella. Compartíamos impresiones, volvíamos sobre escenas, intentábamos poner palabras a lo que habíamos sentido. La película había terminado, pero la historia continuaba alrededor de la mesa.

Y, entre todas las sensaciones que me dejó, hubo una pregunta que se quedó conmigo durante toda la cena. Una pregunta sencilla, casi ingenua en su formulación, pero inmensa en todo lo que encierra:

«Nadie puede desaparecer del todo, ¿verdad?»

No sé si fue la manera de formularla, el momento en que apareció o todo lo que la película había ido despertando en mí. Lo cierto es que aquella pregunta empezó a acompañarme. Y cuanto más pensaba en ella, más comprendía que no hablaba solamente de los personajes, de sus historias o de un pasado que se resiste a quedar atrás. Hablaba también de nosotros. De nuestras propias vidas, de las personas que nos han marcado, de quienes ya no están y de quienes siguen aquí, pero a veces parecen invisibles a los ojos de los demás.

Porque hay preguntas que no se quedan en la pantalla. Se vienen contigo a casa, se sientan a tu lado y siguen haciendo su trabajo en silencio. Te remueven, te interpelan y te invitan a mirar la realidad de otra manera. Y quizá esta sea una de ellas.

Desde nuestra fe cristiana, esta pregunta adquiere una profundidad especial. Para el Dios de Jesús ninguna vida es insignificante, ningún nombre se pierde en su corazón y ninguna historia queda reducida a aquello que otros dijeron y mucho menos al olvido.

El Dios de Jesús no es indiferente a las vidas pequeñas, a las heridas escondidas ni a las personas que la sociedad aparta. Es un Dios que escucha el grito de quien sufre, que se acerca a quien está solo y que reconoce la dignidad de quienes parecen no tenerla ante los ojos del mundo.

Jesús hizo de su vida una manera de devolverles su lugar a las personas. Se acercó a los enfermos, compartió la mesa con quienes eran rechazados, miró a las mujeres en una sociedad que tantas veces las silenciaba y se detuvo ante quienes otros preferían evitar. No preguntaba primero qué podían ofrecerle aquellas personas, qué posición ocupaban o si merecían ser acogidas. Las miraba. Las escuchaba. Se acercaba. Y en aquella mirada sucedía algo extraordinario: quienes se sentían excluidos volvían a descubrir que tenían un nombre, una dignidad y un lugar en el mundo.

Por eso, el Evangelio nos recuerda que el valor de una persona no depende de su reconocimiento social, de sus éxitos, de sus circunstancias ni de la aprobación de los demás. Para Dios cada ser humano es mucho más que sus heridas, sus errores, sus etiquetas o los silencios que pesan sobre su historia. Para Dios cada ser humano es hijo, amado,  reconocido en su dignidad y además lleva su nombre «tatuado en la palma de su mano» ( Is 49,16).

¿A quién estamos dejando desaparecer?

Quizá la pregunta de La bola negra no se refiera únicamente a quienes ya no están. Quizá nos esté preguntando por nuestra manera de vivir como cristianos, por las personas a las que hacemos sitio y por aquellas a las que, sin darnos cuenta, dejamos fuera.

  • ¿A quién no estamos escuchando?
  • ¿Quién necesita que alguien se detenga a conocer su historia?
  • ¿A quién hemos reducido a una etiqueta, a un error, a una circunstancia o a un prejuicio?
  • ¿Quién está a nuestro lado y, sin embargo, se siente solo?
  • ¿A quién estamos dejando desaparecer porque nadie pronuncia su nombre, nadie cuenta su historia o nadie se atreve a mirar su dolor?

Son preguntas que nos afectan como personas, como sociedad y, de una manera especial, como cristianos. Porque no podemos anunciar a un Dios que ama a todos si después construimos espacios donde algunos no encuentran sitio. No podemos hablar de fraternidad mientras permitimos que determinadas personas vivan condenadas al silencio. No podemos celebrar la vida si no somos capaces de reconocer el valor de cada vida, especialmente de aquellas que más necesitan ser acogidas.

Tal vez nuestra misión consista en aprender a mirar como Jesús. En hacer de nuestros hogares, nuestras comunidades, nuestros colegios y nuestras relaciones lugares donde nadie tenga que demostrar que merece ser querido; donde las diferencias no se conviertan en motivos de exclusión y donde cada persona pueda sentir, sencillamente, que su presencia importa. Porque a veces la esperanza comienza así: cuando alguien descubre que ya no está solo, que su historia merece ser escuchada y que hay otra persona dispuesta a caminar a su lado.

Vuelvo a aquella pregunta: «Nadie puede desaparecer del todo, ¿verdad?».

Me gustaría creer que no. Que permanecemos en las personas a las que hemos amado, en las palabras que un día ofrecimos, en las manos que tendimos y en las pequeñas semillas de esperanza que dejamos en el camino. Que algo de nosotros continúa viviendo en quienes aprendieron a mirar el mundo de otra manera gracias a nuestro encuentro.

Y me gustaría creer, desde mi fe, que cada vida queda guardada en el corazón de Dios, incluso aquella que el mundo nunca llegó a conocer, aquella que no dejó grandes titulares, aquella que murió sin recibir el reconocimiento que merecía. Esa es una de las promesas más hermosas del Evangelio: que Dios no olvida a nadie. Que su mirada alcanza los rincones a los que no llega la nuestra. Que conoce los nombres que hemos dejado de pronunciar, las lágrimas que nadie vio y las historias que nunca encontraron palabras.

Por eso, recordar a quienes fueron olvidados es una manera de hacer presente el amor de Dios en nuestra historia. Que no nos acostumbremos a la indiferencia. Que no pasemos de largo ante el sufrimiento ajeno. Que tengamos el valor de escuchar las historias que nos incomodan y la ternura de acompañar a quienes sienten que ya no cuentan para nadie.

Que nuestras palabras devuelvan dignidad. Que nuestras comunidades no excluyan, sino que acojan. Que nuestra fe no sea solamente algo que profesamos, sino una forma concreta de cuidar la vida.

Y que, cuando alguien se pregunte si su existencia ha importado, encuentre cerca una mirada capaz de decirle: sí, tu vida importa; tu historia es importante; tu presencia hace de este mundo un lugar mejor y más humano, diferente.

Porque quizá sea imposible evitar todas las despedidas, pero sí podemos evitar muchos olvidos. Y que nunca olvidemos que, mientras haya alguien dispuesto a recordar, a escuchar, a cuidar y a amar, la historia de una persona seguirá dando fruto.

Porque ante Dios, nadie sobra. Porque cada vida merece ser mirada con ternura. Y porque, al final, tal vez de eso se trate el Evangelio: de aprender a amar de tal manera que nadie tenga que desaparecer del todo.

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