Le robo el título a Paul Thomas Anderson y su nominada película para titular esta entrada que se ha hecho esperar porque este mes de enero de 2026 ha comenzado tan fuerte que no sabe uno por dónde comenzar, ni qué comentar, ante una realidad que en la mayoría de las ocasiones te deja en silencio. Los años y el tiempo vienen como vienen, que no entienden de más ni de menos, sino que cada día, con su propio afán van construyendo esta línea de resistencia que llamamos vida.
Los primeros días de enero se fueron personas queridas y cercanas. Tan de repente, que no tienes tiempo de caer en la cuenta. Y apenas habíamos mordido el roscón de reyes cuando la vida nos había devuelto dos bocados de ausencia. Y como la sombra de la muerte alargada está siempre alrededor y al acecho, este tren se lleva por delante cuarenta y cinco personas en uno de los accidentes que dejan conmocionado a todo el país. En medio del frío enero muchas vidas se quedan varadas en unas vías. Tan lejos y tan cerca. En los mismos vagones que utilizamos todos los andaluces que subimos y bajamos, con destino a la misma ciudad que me vio nacer. Ahora es la eternidad la que las contempla y el velo de la ausencia oscurece sus rostros, y los nuestros.

A veces, la vida y la ficción se cruzan, y en ocasiones, muchas más veces de las que pensamos. He ido en este mes de enero en dos ocasiones al centro Matadero donde durante dos semanas han coincidido dos obras que dialogan entre sí y lo hacen también con la muerte como protagonista o destino de muchos de sus personajes. En Nave 10 han estado los magos de La zaranda con su nueva obra Todos los ángeles alzaron el vuelo y en Centro Danza Matadero ha estado La Veronal con su espectáculo La mort i la primavera. La primera, escrita por Eusebio Calonge, se mueve en el espacio de los marginados, de los que no cuentan. El teatro de La Zaranda tiene mucho de ceremonia y de acontecimiento. La muerte sobrevuela siempre a los más desfavorecidos y se convierte en himno cuando la vida se derrumba por el precipicio. Uno sale de una obra así conmocionado. Es teatro que duele, que se te mete en los adentros. La propuesta de la compañía de danza contemporánea La Veronal dirigida por Marcos Morau propone así mismo un acercamiento propio a la novela de Mercé Rododera con el mismo nombre. Un espectáculo cantado por María Artal en la que resuenan versos que hielan: “Yo quería una primavera quieta pero las flores lo cubren todo”. La belleza escénica y una coreografía que siempre funciona a la perfección sin perder ni un ápice de la emoción nos ayudan a acercarnos a la oscuridad de esta propuesta desde lo más oscuro. “Yo quería un Dios que me acompañase, pero me dieron caminos de niebla, caras de frío y manos azules”.
También ha habido encuentros y epifanías a lo largo de este mes. Porque a pesar del frío helador, la lluvia y el tiempo desapacible que en muchos momentos nos ha acompañado, tenemos oportunidad de hablar de desiertos y de hermosuras, de belleza y de amistad, de la capacidad de reinventarnos en cada instante. Hemos llorado y hemos acompañado duelos, hemos sido testigos de nacimientos. Todo se vive con regalo y apenas quedan unos días para que termine este mes y comience otro. Y una batalla tras otra seguiremos viviendo, plantándole cara a la vida y seguir escuchando quizás a Juan Bautista Humet con aquello de “¡Hay que vivir!, amigo mío antes que nada hay que vivir, y ya va haciendo frío, hay que burlar ese futuro que empieza a hacerse muro en ti”. Por razones que no entiendo, me vino a la mente el otro día esta canción como si fuera un regalo y creo que puede ser un buen colofón y un propósito o deseo para este año que comienza.


