¿Sabemos educar para un mundo en cambio?

Vivimos en un mundo de contrastes. La continua aceleración de los cambios de la humanidad y la intensificación de ritmos de vida y de trabajo contrastan con la natural lentitud del crecimiento personal.

La realidad de nuestras aulas y de nuestro mundo globalizado demanda nuevos planteamientos metodológicos, nuevas respuestas pedagógicas. Las diferentes propuestas metodológicas que conviven en la actualidad constituyen herramientas que favorecen el acercamiento a la nueva realidad de la enseñanza y el aprendizaje. Estos enfoques didácticos contribuyen a conectar más con el modo en el que el alumnado aprende hoy.

No obstante, no debe olvidarse que se trata de herramientas y medios, y nunca de fines de la labor educadora. La planificación de la docencia debe necesariamente contemplar la actual realidad educativa y planificar teniendo al alumnado como centro del proceso de enseñanza-aprendizaje. Y esta labor requiere de una profunda reflexión.

«La didáctica no es únicamente la técnica que el profesor utiliza para desarrollar la clase, sino la reflexión sobre la enseñanza y el aprendizaje de unos contenidos, teniendo en cuenta las condiciones culturales, sociales, políticas y económicas de la sociedad y las características cognitivas, ambientales y afectivas de los alumnos a quienes va dirigido el programa».[1]

Quizá ayude en nuestra reflexión sobre la enseñanza y el aprendizaje acercarnos a la etimología de estas dos acciones: enseñar y aprender.

La palabra enseñar viene del latín insignare, compuesto de in (en) y signare (señalar hacia), lo que implica ofrecer una orientación sobre qué camino seguir.

La palabra aprender proviene del latín apprendehere, compuesto por el prefijo ad- (hacia), el prefijo prae- (antes) y el verbo hendere (atrapar, agarrar). Se relaciona con la acción que hace un gato cuando persigue a un ratón, o un estudiante cuando persigue conocimiento.

Vista desde esta perspectiva etimológica, bien podríamos afirmar que la innovación educativa, más que fomentar nuevas perspectivas sobre el rol del alumnado y el rol del docente, propondría una necesaria recuperación de sus originarios papeles y funciones.

Partiendo de esta premisa, podríamos decir que los retos que afrontan los sistemas educativos actuales apuestan por restablecer el primigenio papel del alumnado, entendiéndolo como agente motivado, activo y capaz de asumir la responsabilidad de su propio proceso de aprendizaje. No debemos olvidar las posibilidades que se abren con el uso de los recursos tecnológicos que facilitan un acceso al conocimiento que nunca antes había existido en la historia de la humanidad.

En este nuevo escenario, el docente recupera su originaria función, convirtiéndose en orientador, facilitador y estratega del aprendizaje, dejando en segundo plano su labor de transmisor unidireccional de los conocimientos.

Frente a los grandes cambios y transformaciones, que incluso desbordan nuestros sistemas educativos y sociales, apostamos por crear espacios y tiempos para desarrollar procesos reflexivos profundos que nos ayuden a conectar con nuestra verdadera esencia como educadores y nos capaciten para acompañar a niños y jóvenes en su crecimiento y desarrollo personal.

«El futuro de nuestros niños depende de la evolución de los actuales adultos».[2] 


[1]A. LICERAS y G. ROMERO (Coords.), Didáctica de las Ciencias Sociales, Pirámide, Madrid, 2016. p. 17.

[2] M. PRÉ, Mandalas y pedagogía, MTM editor, Barcelona, 2004. p. 117.