La complejidad de lo espiritual requiere un tratamiento interdisciplinar

La vida espiritual está en potencia en todo ser humano, requiere de un cultivo y una educación para que se articule y desarrolle en plenitud. Partiendo de esta premisa, parece que no sería adecuado excluir la estimulación de la inteligencia espiritual del ámbito de la educación formal e institucional.

Pero, con demasiada frecuencia, se observa en el panorama educativo de nuestro país, que se da por supuesto que la educación de lo espiritual solo tiene sentido dentro de los centros educativos de corte confesional, mientras que en los centros aconfesionales o públicos no les corresponde estimular esta potencia.

Esta asociación es demasiado simple, además de perjudicial, pues los niños que son educados en entornos no confesionales también tienen un potencial espiritual que requiere un desarrollo educativo. En el fondo de esta simplista asociación se conjugan, a nuestro entender, dos errores:

  1. Suponer que la espiritualidad es una dimensión más que se puede añadir paralelamente a otros aspectos de la experiencia y no como lo que es: una fuerza integral y constitutiva de la vida entera.
  2. Considerar que lo espiritual es un patrimonio exclusivo de la religiosidad.
La inteligencia espiritual es una capacidad, la experiencia religiosa es don, es gracia.

La espiritualidad abarca todo lo humano y es el verdadero cauce para comprender tanto la vida interior de la persona (pensamientos creencias y deseos) como su vida exterior (acciones, obras, estilo de vida). La formación integral no es la suma de la educación de las partes. Una verdadera educación integral debería tratar la espiritualidad, no como un apéndice de la experiencia humana, como un añadido más, sino entendiéndola como un elemento nuclear de la persona que requiere un tratamiento transversal e interdisciplinar.

La inteligencia espiritual no debe confundirse ni identificarse directamente con la consciencia religiosa. La primera es la condición de posibilidad de la segunda. Solo porque el ser humano tiene esta forma de inteligencia puede vivir la experiencia religiosa. La creencia religiosa es una manifestación, un posible desarrollo y concreción de la inteligencia espiritual.

En este sentido, resulta muy ilustrativa la forma gráfica que Farran[1] utiliza para explicar esta cuestión:

  1. El círculo exterior sería el de carácter más universal, el de la espiritualidad: todos tenemos la potencia de desarrollarla.
  2. El segundo círculo, el de la religiosidad, el de la relación entre el yo y la Realidad fundamental. Presupone un acto de fe.
  3. El tercer círculo, el de la confesionalidad, indica la adhesión a una determinada comunidad religiosa.

Partimos de la base de que lo espiritual, este primer círculo exterior, es una dimensión del ser, una cualidad inherente a todo ser humano y que requiere una atención educativa para activarla y desarrollarla. Esta educación de la inteligencia espiritual debería ser común y transversal en toda persona. No existe un único método para acceder y estimular este núcleo íntimo del ser humano. Para profundizar en él se requieren distintas vías y estrategias. La inteligencia espiritual de los niños se educa desde la cooperación interdisciplinar, compartiendo métodos, experiencias y recursos implementados y contrastados en diferentes contextos escolares. Las tecnologías de la información y de la comunicación abren, en este sentido, todo un abanico de posibilidades que permiten una mayor interacción entre los agentes educativos, saliendo de una educación particular y aislada para avanzar por una educación en red y compartida.

En tanto que común y transversal, la educación de la inteligencia espiritual debería estar presente también en las clases de Religión. La Enseñanza Religiosa Escolar contribuye, como un área más del currículo, al cultivo y desarrollo de esta forma de inteligencia. Nuestra tarea como educadores, cada cual desde su perspectiva, consiste en reconstruir un entorno cultural para que la inteligencia espiritual de los niños pueda crecer y ser reconocida. La espiritualidad emana de lo más profundo del ser humano y está en constante proceso de reconstrucción en virtud de las circunstancias personales y contextuales que le rodean.

La espiritualidad se canaliza a través de los esquemas religiosos existentes en el contexto social y cultural al que pertenece el niño. Si esto es así, la clase de Religión sería un entorno especialmente idóneo para el cultivo de tal inteligencia, pues esta transmisión del saber religioso ayudaría, además, a apreciar nítidamente esos esquemas religiosos que se hallan desdibujados en nuestro contexto sociocultural.

Las religiones, y en concreto la religión católica, ofrecen un lenguaje para explorar, abrir y gestionar la búsqueda humana de la plenitud. El fenómeno religioso no solo aporta una forma de vida ética o moral, sino que también invita al creyente a fundamentar su comprensión de sí mismo en su relación con los demás, consigo mismo, con el mundo y con lo trascendente.

«La religión y la espiritualidad son, por tanto, dos realidades distintas que, sin embargo, están interconectadas, y ambas contribuyen a la formación de las personas»[2].


[1] Dale Clark Farran, pertenece al Departamento de Enseñanza y Aprendizaje de la Vanderbilt University en Nashville, Tennessee. Tiene una extensa bibliografía sobre psicología y desarrollo humano.

[2] F. Torralba, Inteligencia espiritual en los niños, p. 130.