Mística del cuidado III: Mirar con los ojos abiertos

Comenzamos un nuevo curso. Seguimos tejiendo ilusiones, proyectos y nuevos desafíos en un marco incierto. Necesitamos vincularnos una vez más a nuestra fuente del Cuidado.

La bióloga argentina Sandra Díaz, al recoger el premio Princesa de Asturias en 2019, lanzó la siguiente advertencia: «Estamos a tiempo de retejer el tapiz de la vida y de entretejernos en él. Cada hebra es muy frágil pero el tapiz en su conjunto tiene la robustez de muchos, una robustez hecha de innumerables fragilidades entretejidas» . Esta es la conexión entre mística del cuidado y ética del cuidado. La convicción de que formamos parte de un todo que no nos pertenece y nos lleva a entretejer y cuidar las innumerables fragilidades que somos, una a una. Hemos de tener visión de conjunto y saber contemplar el tapiz de nuestro mundo herido, tan agujereado como necesitado de hilos que reconecten y aseguren la continuidad y belleza de ese tapiz del que todos formamos parte.

Nuestra existencia tiene sentido y se forja en relación con esa totalidad de la que somos huéspedes y hacedores. Entre ética y mística se configura la acción humana en un clima de gratuidad y reconocimiento de los dones recibidos. La conexión entre mística y ética viene dada por la expresión del teólogo J.B. Metz, mística de ojos abiertos. La condición de posibilidad de conectar ambas dimensiones es permanecer despiertos y acertar a ver con los ojos de la realidad y no con la de los prejuicios o estereotipos.

Lo que nos ciega es la distorsión de la realidad, los discursos del odio y rechazo al diferente. Por eso no hay que quedarse dormidos ni sumergidos en los mensajes que leen la realidad desde el embrutecimiento personal y colectivo. El ejemplo de las múltiples miradas que caben hacia las personas que no son de nuestro país, de nuestra religión o de nuestra raza, es una prueba de ello.  Si, además, son pobres y sufren, las miradas se tornan en exigencia de respuesta. Somos responsables de lo que hacemos y también de aquello que permitimos les ocurra a los demás.

Mirar bien necesita tiempo, afirma Metz. Se mueve a otro ritmo temporal. Hoy las redes sociales sustituyen a la mirada lenta y así tantos rostros quedan difuminados y sobrepasados por la inmediatez de las nuevas tecnologías. En la película De dioses y hombres, se expresa el devenir de una comunidad de nueve monjes de un monasterio cristiano que vive en medio de la comunidad islámica. Las autoridades instan a la comunidad a que regrese a su país de origen -Francia- porque no pueden ofrecer seguridad ante el aumento de la violencia de grupos terroristas islámicos. Y, al mismo tiempo, el pueblo musulmán, sencillo, ruega que se quede con ellos. La comunidad delibera y decide quedarse; quedarse sabiendo que les espera la muerte. Tras tomar la decisión, la película se recoge en cuatro minutos sin palabras, con la música de fondo de El lago de los cisnes de Tchaikovsky. Los rostros y las miradas se confunden entre la alegría, el miedo y la aceptación confiada. Mística de ojos abiertos a ritmo lento y pausado.

Igual que la ética está siempre situada, deberíamos afirmar que la mística siempre se encuentra situada, de manera que mística y acción van de la mano. La mística del cuidado no se recluye en una espiritualidad intimista ni privada, sino que vuelca su compasión allí donde la vida se encuentra amenazada. En palabras de Juan Martín Velasco, cuando está en peligro la humanidad de los humanos, es preciso volver la mirada y la morada a la mística.

«La existencia de místicos, en el cristianismo, en el resto de las religiones y en las muchas formas de espiritualidad que florecen al margen de las tradiciones religiosas, es, en estas circunstancias, condición indispensable para levantar barreras a las amenazas de deshumanización que corren por nuestro tiempo, promover y apoyar los gérmenes de humanización ya presentes en nuestro mundo y comunicar a nuestros contemporáneos razones para la esperanza» .

Humanizar la vida y la educación será una de las consecuencias principales de una mística del cuidado, vivida entre las aulas y en el encuentro cordial con aquellos a quienes nos debemos como educadores. En este comienzo de curso atrevámonos a seguir mirando con los ojos bien abiertos a la realidad.