Desarrollar el juicio como fortaleza

El juicio
El juicio, también denominado pensamiento crítico o mente abierta, es una de las fortalezas que conforman la virtud de la sabiduría. Consiste en pensar sobre las cosas y examinar todos sus significados y matices para no precipitarse al sacar conclusiones. Nos permite vivir nuestra vida de la manera más efectiva y plena, creciendo constantemente como personas y dentro del equilibrio emocional. Es una fortaleza que vamos aprendiendo y desarrollando a lo largo de los años, sobre todo cada vez que vivimos crisis personales. Nos permite analizar nuestros enfoques vitales e ir cambiándolos por nuevos esquemas de vida más profundos y significativos.


A la luz de la Palabra
Lo contrario al juicio o pensamiento crítico es la credulidad. Crédulo es quien se deja convencer con excesiva facilidad, sin poner ningún filtro crítico. La Biblia nos da un consejo para cultivar nuestra capacidad de juicio:

«Examinadlo todo; quedaos con lo bueno» (1 Tes 5,21).


Para poder desarrollar el pensamiento crítico religioso se debe tener un punto de referencia, una plomada que permita verificar la verticalidad del pensamiento. Para los cristianos la plomada es Cristo, que afirma ser la Verdad. Jesús asegura que es la roca sobre la que el constructor edifica la casa:

«No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Aquel día muchos dirán: “Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre y en tu nombre hemos echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?”. Entonces yo les declararé: “Nunca os he conocido. Alejaos de mí, los que obráis la iniquidad”. El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande» (Mt 7,21-27).


Actividad de reflexión inspirada
La persona sensata no construye su «edificio personal» de cualquier manera, se preocupa de lo esencial: edificar sobre «roca» firme. Podemos proponer algunas cuestiones para reflexionar desde nuestra interioridad:

  • ¿Me considero una persona con la mente abierta?
  • ¿Cómo me siento al afrontar nuevas experiencias?
  • ¿Afronto una nueva situación de manera flexible?
  • ¿Cómo afronto una situación adversa?
  • ¿Reconozco mis propios límites al analizar la situación?
  • ¿Evalúo por igual todos los puntos de vista?
  • ¿Aprendo de mis errores y puntos débiles?
  • ¿Qué podría cambiar para crecer en esta fortaleza?
  • ¿Cuál es la raíz de mi árbol de decisiones?

Podemos orientar a nuestros estudiantes en sus procesos reflexivos para que sean capaces de reconocer sus propios límites al analizar las situaciones, sus diferentes formas de implicarse: distorsiones ideológicas, autoengaños, conocimiento limitado de la situación.
La vida no es un camino fácil, nos encontramos en nuestro recorrido vital con nuevas experiencias y situaciones conflictivas, con realidades fáciles y agradables de vivir, pero otras veces las circunstancias a las que nos enfrentamos no son precisamente agradables, son difíciles y dolorosas y nos abren a cuestiones profundas tales como: ¿qué hacer con este don amargo? Mateo invita a los cristianos a enraizarse firmemente en las enseñanzas de Jesús y a traducir estas enseñanzas en acciones concretas.


Edificar sobre roca o edificar sobre arena, esta es la cuestión[1]


La principal tarea de todo ser humano es la construcción de sí mismo. Para ello necesita unos planos, una buena teoría, pero no puede quedarse contemplándolos, es necesario que los ejecute y ponga en práctica.
Somos un proyecto que hay que realizar. Ese proyecto está en lo más hondo de mi ser; solo tengo que descubrirlo y hacerlo vida. La plenitud de la persona solo llegará si desarrollamos lo específicamente humano, es decir, su capacidad de conocer y de amar. Lo que hace crecer nuestro verdadero ser no es aprovecharse de los demás y utilizarlos para conseguir mis objetivos, sino el ponerme al servicio del otro para que él sea más. La paradoja está en que cuando parece que pierdo, gano; y cuanto más me pierda en beneficio del otro, más me gano. Cuanto más me doy, más soy yo mismo.
No se trata de dejar de edificar tu propia casa para construir la del prójimo. Este es un error que nos lleva a considerar el amor como renuncia. Se trata de que mi casa esté edificada sobre la auténtica relación con el otro, fundamentada en el amor que nace del conocimiento profundo. Es el amor que te convierte en roca. Ese es el amor del que nos habla Jesús.
Lo importante es descubrir el aglutinante que haga de la arena, roca. Ese aglutinante es el amor que viene de Dios. El salmo 127 lo indica con toda claridad cuando dice:

«Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles».

Aprendamos del estilo de Jesús, que estuvo preocupado por lo que Dios quería del ser humano, nosotros andamos mucho más preocupados por lo que queremos o esperamos de Dios. Dios no puede querer para el ser humano más que lo mejor, su plenitud. Abramos nuestra mente y nuestro corazón para que así sea.

[1] Presentamos una síntesis de los comentarios que Fray Marcos Rodríguez Robles, O.P. realiza sobre esta parábola en Edificar sobre roca o edificar sobre arena, esta es la cuestión. Recuperado de: https://www.feadulta.com/anterior/Ev-mt-07-21-27.htm