LA SABIDURÍA DEL CUIDADO

Somos conscientes de que heredamos un modelo educativo fraguado sobre tres premisas básicas: la reducción de la educación a la impartida en los centros escolares, la limitación de la educación a una etapa de la vida y la convicción de que la educación es una preparación para inserción en la sociedad del mercado. Estas tres premisas han estallado con la quiebra del paradigma del progreso indefinido y hemos de remover las bases educativas a partir de otras propuestas, articuladas desde el paradigma del cuidado.

En no pocas ocasiones lo nuevo que acontece en la educación lo metemos con urgencia en una suerte de dispositivo adaptado a nuestro saber y entender: una herramienta, una metodología o una buena práctica. Y está bien, nos da seguridad, pero hemos de atrevernos a ir más allá… o más adentro en la espesura. Cuidado no es el nombre de un sistema educativo, de una innovación, ni de una capacidad. Es todo eso y, sobre todo, es una suerte de sabiduría de la vida que hemos de saber relatar para que las exigencias de la utilidad, que han entrado en crisis, den paso a la bondad de la vida vivida en plenitud y con sentido.

La sabiduría es el arte de vivir y de convivir. El siglo XX se cerró con la pregunta: ¿podremos vivir juntas personas y pueblos diferentes? El Informe Delors y los cuatro pilares de la educación (aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a vivir juntos y aprender a ser) nos ofrecieron una primera palanca para el cambio educativo. Habrá que hacer balance de dónde se han quedado esas cuatro referencias pedagógicas de tan alto calado. Mucho se ha hecho y otro mucho ha quedado por recorrer. A estas alturas del siglo XXI, la pregunta que se nos solicita es: ¿sabremos cuidar la vida que recibimos y somos, tanto como personas individuales como sociedades plurales y como especie humana en peligro de extinción?

El cuidado se nos presenta, en primer lugar, como sabiduría de la vida, como un arte para vivir y convivir en armonía en medio de los conflictos y los desajustes propios de lo cotidiano. El cuidado no nos saca del conflicto, sino que nos introduce en él de una forma no violenta y respetuosa, tejiendo con delicadeza tapices de vida buena en medio de las brechas que nos habitan. El cuidado nos introduce en el duelo, en el abuso o en el acoso con la mirada puesta en el bien hacer y el bien querer. El cuidado huye tanto de la revancha como de la indiferencia. Actúa, pero de un modo diferente al habitual. Necesitamos apropiarnos de una radicalidad que no satisfaga un polo de la confrontación habitual en exclusiva. El cuidado radicalmente tiende puentes, sin olvidarse de ponerse al lado de las personas vulneradas.

La sabiduría es el lugar donde el ser humano se siente en casa, afirma R. Pannikar. Y en esa sencillez late un profundo anhelo de plenitud que no se consigue con el dominio de las cosas ni de los otros; tampoco la sabiduría consiste en saberlo todo y de todo. Ya Heráclito planteaba que no podemos encontrar la verdadera sabiduría allí donde el conocimiento tiene necesidad de dividirse. La fragmentación de los saberes no nos ha conducido a la sabiduría, sino que nos ha alejado de ella. Quizá tengamos que poner a remojo ese conocimiento parcelado y amurallado, que nos aleja de la complejidad de una realidad que hoy, más que nunca, se nos presenta como eminentemente relacional.

El cuidado ofrece esa sabiduría que necesita el ser humano para toda su vida, no para una etapa de ella. Cuidado no nos prepara para; más bien es un sumergirse en. Se actualiza como despliegue de posibilidades inéditas dentro y fuera del aula. Se alimenta mediante una fuente interior de la que emana la conciencia de todo aquello que hemos recibido, de aquello a lo que permanecemos conectados como seres vivos en el planeta, con nuestros semejantes y con los que no son ni de nuestra raza, religión, cociente intelectual, cultura o país. Cuidado es el auténtico cable a tierra de nuestra existencia, al tiempo que constituye el cable a la Tierra que nos alimenta y sostiene como humanidad.

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