LA SOLUCIÓN QUE NADIE QUIERE

El otro día reflexionaba yo sobre las ecuaciones de segundo grado. Sí, ya me conocen, soy un poco “friki” y me da por pensar en cosas muy raras, pero así fue.

Ya sabemos que una ecuación de segundo grado presenta dos posibles soluciones a la misma. Resulta curiosa una cosa: como una de las dos soluciones (o las dos) sean negativas, entra cierto mal rollo por el cuerpo. Normalmente tendemos a preferir que la solución correcta, la que necesitamos para resolver el problema, sea positiva. Lo negativo no nos gusta, no lo encajamos en nuestra mente. Siempre andamos con los dedos cruzados esperando que todo salga bien, todo nos vaya en positivo. Pero no siempre ocurre así. Hay ocasiones en que la vida se nos vuelve rebelde y nos dice que no.

La semana pasada mis alumnos hicieron la selectividad. Un trago difícil. Ahí ya no es solo cuestión de aprobar o no. Ahí nos jugamos el futuro y los sueños en una dichosa nota que tiene que superar otra que marca la barrera entre el «sí entras» o el «te quedas fuera». Es decir, la barrera entre la solución positiva o la negativa. Pero es que es así. La vida es controlable hasta cierto punto y, en ocasiones, se comporta como una moneda de dos caras lanzada al aire.

El ser humano es un ser inteligente no solo por su capacidad para adaptarse al medio en que vive. Lo es también por su capacidad para ser creativo, para inventar opciones que le permitan sortear los «noes» de la vida, superarlos o trascender a ellos. Es por ello que siempre hay que tener presente que, aunque soñar es fundamental para seguir adelante, la posibilidad de que los sueños no se cumplan existe. Yo intento hacérselo entender a mis alumnos, no porque me encante ir por la vida pinchando globos, sino porque creo que ser consciente de ello nos ayuda a vivir con más entereza, con más autenticidad y menos optimismo de este ñoño y forzado que se estila tanto hoy en día. La solución negativa nos invita a ser creativos, a contemplar la vida a lo ancho y plantearse otras opciones, otras posibilidades que nos desarrollen como personas que buscan ser felices, que, en definitiva, es la verdadera y única vocación.

Cuando un sueño no se cumple, habría que pararse y hurgar en él. ¿Qué pasó? ¿Qué hizo imposible su cumplimiento? ¿En qué nos equivocamos, si es que nos equivocamos? ¿Qué espero verdaderamente de él? ¿Qué pretendo conseguir si este se cumple? ¿Qué hay de mí en él? ¿Qué hay de él en mí? Y si no es por aquí, ¿por dónde entonces?

Estas reflexiones tan necesarias son mucho más productivas que ponerse a llorar, que también es muy lícito y necesario… Hay que desahogar y echar para fuera la frustración. Pero como esta no se va con unas pocas de lágrimas, no nos queda entonces más remedio que lidiar con ella y escuchar qué es lo que nos quiere enseñar, porque es muy habladora y siempre tiene algo que decir. Y ahí, en ese momento en que te pones a escuchar, probablemente encuentres qué hacer con esa solución negativa que te ha salido. A lo mejor fue un error de cálculo. A lo mejor es una invitación a volverlo a intentar. O a lo mejor es la solución que tenía que ser para que la ecuación tenga solución.

Una ecuación de segundo grado no tiene por qué dar siempre una solución negativa. Puede ser que las dos soluciones sean positivas, o las dos negativas. Ahí llega el discernimiento. ¿Cuál es la mejor para mis circunstancias, para ese problema o bifurcación del camino que se me presenta? ¿Cuál es la solución que encaja en el momento que estoy viviendo?

Lo importante no es quedarse en el asombro o el susto. He aprendido que lo importante es sentarse y analizar, ver qué hacer con las soluciones posibles, reflexionar y actuar. Y armarse de una buena dosis de aceptación, porque no siempre es el momento para encontrar la respuesta adecuada, bien porque no estemos preparados todavía para ella o bien porque la respuesta tiene que hacerse esperar para que tú te hagas más experto en la «resolución de las ecuaciones de segundo grado» que la vida te presenta.

Si uno contempla la vida de Jesús parece que de pleno le salieron, no una, sino todas las soluciones negativas. Lo que en un principio fue una vida de muchos seguidores; de admiración y confianza por parte de los demás; de palmas y hosannas a la entrada de Jerusalén, terminó en la traición, el abandono y la cruz. Pero Dios supo dar la vuelta a la ecuación y dio sentido a una solución negativa que, quizás, no era tan negativa. Era la que tenía que ser para que luego todo cuadrara y pudiera llevar a cabo su plan de salvación para el ser humano.

La oración no siempre otorga el sí a nuestras plegarias. A veces toca el no, o simplemente el silencio de Dios. Ahí no queda otra que parar y discernir. Es el momento del diálogo con «el de arriba». Toca armarse de mucha paciencia, mucha confianza. Al final, lo importante es sabernos en las manos de un Padre que nos ama, que quiere lo mejor para nosotros y nos lleva tatuados en la palma de su mano. Un Padre que nos llama por nuestro nombre, que no es de imposición sino de camino conjunto. Un Padre que es el mejor matemático del mundo porque sabe encajarlo todo con una precisión, exactitud y belleza que no te queda más remedio que coger el bolígrafo y la calculadora y no rendirte nunca más.

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