El autocontrol
El autocontrol o autorregulación es la capacidad de controlar nuestros deseos, emociones, sentimientos y conductas con el objeto de gobernar la propia vida. Es una fortaleza imprescindible para cultivar el resto de las fortalezas personales. Y es la base fundamental de la sabiduría, de la inteligencia emocional y de la felicidad.


A la luz de la Palabra
En el mundo bíblico, el autocontrol es una virtud, una disposición que permite a la persona dar lo mejor de sí misma y la predispone a hacer el bien (Catecismo de la Iglesia Católica, 1803), para que, pudiendo hacer el bien, elija hacer el bien. De hecho, es más conocida como templanza.
La templanza junto con la prudencia, la justicia y la fortaleza desempeñan un papel fundamental. Por eso, a estas cuatro virtudes se las llama «cardinales». Las virtudes cardinales son aquellas que la persona puede adquirir por sus propias fuerzas. Y todas las demás virtudes se agrupan en torno a ellas.

No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea de medida humana. Dios es fiel, y él no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas, sino que con la tentación hará que encontréis también el modo de poder soportarla (1 Cor 10,13).

Esta virtud debemos trabajarla, entrenarla. Como un atleta se prepara para una competición, así nosotros podemos perseverar en el día a día para convertir una acción puntual –querer y hacer el bien controlando nuestros deseos, emociones y sentimientos– en un hábito. Y, de este modo, ser los capitanes del barco de nuestra vida. La finalidad de nuestra vida no es otra que pasar de vivir en ruptura de la confianza en Dios y de las relaciones fraternas (Gén 3-4), a poder vivir en un estado de armonía y puro amor junto al Creador (Gén 2).

En vista de ello, poned todo empeño en añadir a vuestra fe la virtud, a la virtud el conocimiento, al conocimiento la templanza, a la templanza la paciencia, a la paciencia la piedad, a la piedad el cariño fraterno, y al cariño fraterno el amor (2 Pe 1,5-7).

Actividad de reflexión inspiradora
A la luz de la Palabra, podemos proponer al alumnado la realización de un plan de entrenamiento personal para ejercitar en su día a día la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. En grupos, el alumnado investiga sobre la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza y tratan de vislumbrar en qué situaciones de la vida cotidiana podemos ejercitarlas.

Para diseñar el plan de entrenamiento, podemos sugerirles los siguientes pasos:

  • Análisis previo de nuestro estado personal: antes de comenzar el entrenamiento, se debe valorar el estado de partida en cuanto a la práctica de estas virtudes.
  • Objetivos: establecer cuáles son los objetivos que queremos alcanzar. Deben ser realistas y concretos.
  • Metodología: registrar de qué forma vamos a conseguir esos objetivos.
  • Tiempos y plazos: definir los tiempos que vamos a dedicar a entrenar y los plazos para alcanzar cada uno de los objetivos.
  • Compromiso: sería aconsejable que esta planificación fuera firmada por los alumnos/as, por el docente (al que aquí denominaremos entrenador) y por otra persona de confianza (compañero o compañera) que haga de testigo.

Una vez planificadas las actividades y las rutinas, el entrenador acompaña a los alumnos/as, les anima y les hace un seguimiento para que lleven a cabo el entrenamiento diseñado. El testigo ayudará al entrenador a cuidar que este plan se lleve a cabo.
La finalidad es que los alumnos/as descubran que, al ejercitar estas virtudes, están decidiendo tomar el control de su vida y orientarlo hacia la práctica del bien y, por tanto, hacia la voluntad de Dios.

Para profundizar: Las virtudes
Podemos leer los números del 1803 al 1832 del Catecismos de la Iglesia Católica, en los cuales se explica qué son las virtudes y cómo existen dos tipos de virtudes: las humanas, las que cada persona puede adquirir con sus propias fuerzas, destacando entre ellas las cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza), por jugar un papel fundamental en la práctica del bien; y las teologales, en las que se enraízan las virtudes cardinales y disponen a los cristianos a vivir en relación con Dios (fe, esperanza y caridad).

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