ESCRITO EN LAS ESTRELLAS

Dicen que cuando uno contempla una estrella, en realidad está viendo un punto de luz que murió hace ya miles de años. Bueno, no es del todo cierto. Lo que ocurre es que la luz viaja muy rápido (a unos 300000 km/s), y la que ves ahora en una estrella es la que ha recorrido la distancia hasta ti con esa velocidad. Con lo cual puede que, mientras tú te maravillas observándola, ya esté apagada. No sabemos con seguridad si ese puntito luminoso que vemos brillar ha dejado de existir mientras lo miramos. Una incógnita. Cito textualmente parte de un artículo que he leído en una página de divulgación científica y que puede explicar mucho mejor que yo lo que trato de decir:

La estrella más cercana a nosotros es Alfa Centauri, que se encuentra a unos 4.25 años luz de distancia (unos 42 billones de kilómetros de distancia). Esto significa que (cuando la miras) la estás presenciando cómo era hace más de cuatro años. Y esta situación no se limita solo a este caso; todas las estrellas que ves en el cielo tienen su propia edad de luz, que puede variar desde unos pocos años hasta miles o millones de años.

Todo esto viene a colación de la Estrella de Oriente y los Reyes Magos. No pretendo afear un día tan especial diciendo que, probablemente, la estrella que seguían los Reyes ya estaba muerta. Para nada. Es un hecho que no se puede comprobar, ni demostrar, ni calcular ni falta que nos hace. La historia de los Magos de Oriente va más allá de nuestras cuadraturas humanas. Sin embargo, y a pesar de ello, yo me quedo pensando en eso de la vida de las estrellas, y no he podido evitar hacerme una serie de preguntas sobre la mágica Estrella de Oriente: ¿a qué distancia estaría de la Tierra cuando la vieron los Magos? ¿A qué galaxia pertenecería? ¿Desde hace cuánto tiempo brillaba? ¿Era todavía una estrella “viva”?

Ya digo que pueden ser preguntas poco apropiadas para una festividad tan hermosa y cargada de ilusión, pero no deja de ser interesante la reflexión que podríamos sacar de eso. Sí, porque yo, que soy muy dada a rizar el rizo y sacarle punta a todo, pensando en estas cosas no dejo de ver un mensaje al que no le falta su verdad: hay señales, signos, que trascienden espacios y tiempos, que son de ahora y de siempre, y muchas veces tienen que ver con el amor.

No sé si alguna vez lo he escrito por aquí: me encanta la película Interstellar. Bajo mi punto de vista, hay mucho de belleza, de misterio y profundidad en ella. Va desplegando la enorme pregunta de qué somos y si estamos solos o no y que se va respondiendo poquito a poco (dependiendo del número de veces que veas la película, pues cuesta un poquito seguirle el hilo). Bueno, pues en ella hay una escena en la que, hablando los protagonistas acerca de los viajes interestelares, de la relatividad, gravedad… surge el siguiente diálogo entre dos de ellos:

– Tal vez hayamos pasado demasiado tiempo intentando solucionarlo todo con la teoría.

– Eres científica, Brand.

– Entonces hazme caso cuando te digo que el amor no es algo que hayamos inventado. Es observable, poderoso, tiene que significar algo.

– El amor tiene significado, sí. Tiene una utilidad, una función social, la educación de los hijos…

– Amamos a personas que han muerto, ¿qué utilidad tiene eso?

– Ninguna.

– A lo mejor significa algo más, algo que aún no alcanzamos a comprender. A lo mejor se trata de una prueba, de un artefacto de una dimensión superior que no percibimos conscientemente. Estoy cruzando el universo atraída por alguien a quien no he visto en una década y quien probablemente esté muerto. El amor es lo único que somos capaces de percibir que trasciende las dimensiones del tiempo y del espacio.

Bárbaro. Me tatuaría esta conversación si no me sintiera ya demasiado mayor para los tatuajes. Para mí es uno de los diálogos sobre el amor más bonitos que he escuchado.

Dicho esto, quizás era eso lo que percibieron los Magos. Algo que venía de lejos, no solo en el tiempo, también en el espacio, en la historia, en el principio de la misma. Algo ya prometido y que resuena como un eco que viene de lejos, pero que se hace presente ante ellos, latiendo, en este caso brillando, como si lo hiciera por primera vez. Y ese “algo que viene de lejos” no es más que el amor de Dios, un amor que no entiende de dimensiones físicas, que tiene la edad del Universo (o más) y que no contempla su fin. Estos Sabios de Oriente intuyeron que aquello “era de otra galaxia”, como decimos vulgarmente para referirnos a algo extraordinario. Pero es que lo era ciertamente. Era el amor llamando a amar, a adorar, a contemplar, a agradecer. Era Dios, que lo trasciende y lo atraviesa todo, que llama, que invita, que reta y que se hace Niño para que se nos haga más cercano tan hermoso Misterio. Y eso ya estaba, desde el principio de los tiempos, escrito en las estrellas

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