Abrimos el nuevo año con un carrusel de noticias paralizantes que invitan a resguardarnos para no coger frío, para que la violencia no llegue hasta nosotros. ¿Cómo encontrar el tono adecuado para que la desesperanza no nos gane la partida?

El año pasado pasé unos días en la Patagonia chilena. En el auto en el que íbamos de camino recogimos a un joven mochilero que hacía autostop. Le preguntamos a dónde iba. Solo respondió: “Voy a por la vida”. Acababa de finalizar sus estudios universitarios, tenía oportunidad de trabajar, pero quiso frenar y palpar la vida que le latía, no vaya a ser que fuese consumido por esa misma vida si la maltrataba. En este joven atisbé aquella invitación de Teresa de Jesús a sus hermanas de comunidad: aventuremos la vida, llenémonos de ella y sepamos gastarla con sabiduría.    

Para Ortega y Gasset, “el tema de nuestro tiempo es ordenar el mundo desde el punto de vista de la vida”. Es el primer paso para favorecer un cambio de paradigma en nuestra manera de habitar la Tierra y dejar de habitarla desde la ley del progreso indefinido que nos convierte en peregrinos de la conquista de todo lo que se nos pone por delante. Ordenar la realidad es la primera necesidad del alma, según Simone Weil. Ordenar la realidad desde el punto de vista de la vida conlleva cambios sustanciales. Ortega entiende que en el pasado no hemos vivido deliberadamente para la vida. Importa la preposición. Quizá sí para vivir con bienestar, para vivir con dinero, tiempo, familia, etc. Vivir para la vida significa calibrar su sostenibilidad, sus posibilidades, sus límites y sus fragilidades. ¿Nuestras organizaciones adoptan esta posición? ¿Qué lugar ocupa la vida y sus fragilidades en los planes estratégicos?

Nuestra civilización no nos ha enseñado a vivir; en las culturas de los pueblos originarios de América Latina emerge la cultura del buen vivir como principio básico de convivencia, porque vivir es primariamente convivir, atender a los vínculos que nos construyen como seres vivos. Para Ortega, vivir es lo que nadie puede hacer por mí, y esa realidad insustituible que es cada cual conlleva, al mismo tiempo, favorecer la vida vivible y convivencial para cada uno de nuestros semejantes. Hay un primer amor a la vida recibida en su fragilidad, y un primer deber que bien lo expresa Silvio Rodríguez: “debes amar la arcilla que va en tus manos”.

Por eso, el mejor compañero de la vida es el cuidado. El cuidado añade a la vida sentido de protección, hondura y sostenibilidad en medio de la vulnerabilidad que somos. Y la vida añade al cuidado orientación, justicia y frescura. Poner la vida en el centro es hacer posible que viva lo que está sepultado. Hay que desescombrar para que las víctimas puedan hablar, puedan decirse. El cuidado hunde sus raíces en relaciones de cuidado; es decir, el vínculo construye cuidado. ¿De qué depende el cuidado? Del tipo de vínculo que establezcamos con la realidad. No son las técnicas, las estrategias y las programaciones las que sostienen el cuidado entre las personas y con las instituciones o con la naturaleza, sino la calidad del vínculo que existe entre ellas.

Históricamente la sucesión de imperios y dominaciones de unos a otros conlleva la creación de una categoría que impulsaron los nazis: las vidas sin valor: son los que no cuentan, los que no tienen derecho a vivir. Lo primero que endereza el cuidado en las vidas rotas es valorar esa vida, estimarla, quererla. La vida es valiosa. Y la vida sin valor se expresa con los hechos que dicen: “tu vida no me importa”, y así los que no llegan, los que necesitan ir más despacio, los que se atascan, quedan orillados.

El papa Francisco nos recordó que “la vida es no es tiempo que pasa sino tiempo de encuentro”. Ello remite al conocido texto de Martin Buber: “Toda vida verdadera es encuentro”. Y la pregunta pertinente es: ¿cómo podemos incrementar la calidad del encuentro en nuestras organizaciones de trabajo y en nuestros ámbitos de compromiso social? El cuidado de la vida está directamente relacionado con el cuidado de los vínculos que nos enlazan como realidades interdependientes.

Si aventuramos la vida entenderemos cabalmente que merece la pena comprometerse con ella cuidándola.

Cuidarnos

AVENTUREMOS LA VIDA

Abrimos el nuevo año con un carrusel de noticias paralizantes que invitan a resguardarnos para no coger frío, para que la violencia no llegue hasta nosotros.

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