La Ciencia es absolutamente inspiradora. Cada vez estoy más convencida de ello. A riesgo de que pueda meter la pata u ofender a alguien, con todos mis respetos yo diría algo parecido a lo que dijo san Pablo: «Nos movemos y existimos en ella (en la Ciencia, quiero decir)». Sí, somos parte del mundo físico y, aunque vamos más allá de «lo estrictamente natural», al final, en lo básico (o no tan básico) nos rigen las leyes de la Ciencia.

Pensaba esto después de haber dado una clase de cinética química a mis alumnos de Bachillerato. Hay una parte de esta rama de la Química que estudia los mecanismos de reacción. Podría decirse que un mecanismo de reacción es un conjunto de reacciones (llamadas etapas) que detallan ese paso de reactivos a productos que, muchas veces, vemos «resumido» en una sola ecuación química.

Bien, pues en esa sucesión de etapas aparece un compuesto llamado «intermedio de reacción». Este es producto de una etapa y reactivo de la etapa siguiente, de tal manera que «aparece y desaparece» a lo largo de todo el mecanismo. ¿Y cuál es su razón de ser? Pues la de hacer posible que las etapas se sucedan, completándose así el mecanismo que hace posible la obtención de aquellos productos que buscamos. 

Esto me hizo pensar en cuántas personas han sido para nosotros ese «intermedio de reacción». Cuántas personas han sido ese «posibilitador» para que nuestra vida fluya. Y luego, desaparecen, quiero decir: no piden nada, no exigen nada, no quieren de ti que los tengas en alto y en primera fila. No. Se fueron, en silencio, sin aplausos, sin esperar agradecimientos, pero habiendo hecho posible en tu vida el milagro de la continuidad. ¿Y cuál es el milagro de la continuidad? Pues el que cura la herida para que puedas seguir adelante, el que consuela para impulsar, el que rellena y cubre el boquete del camino para que puedas continuar andando. 

Lo dicho. Hay en la vida auténticos expertos en hacer ese tipo de milagros, y, encima, saben hacerlo calladamente. Han comprendido que su misión es más importante que ellos mismos. Me viene a la cabeza esa frase del Evangelio que dice: «Siervos inútiles fuimos. Hemos hecho lo que teníamos que hacer». Una frase que suena brusca, pero que me encanta por ese matiz que aporta de que lo más importante es hacer lo que hemos venido a hacer, lo que hemos sido llamados a hacer. Ya está. Sin fanfarrias, sin farolillos ni claveles. «Hemos hecho lo que teníamos que hacer».

Hay a quienes les toca brillar, y eso está bien. Alguien tiene que ser luz para el resto. 

Hay otros a los que les toca pregonar, gritar con fuerza, clamar, y eso es bueno. Alguien tiene que ser voz y profeta.

Hay otros a los que les toca ponerse al frente y tirar. Eso también es bueno, porque alguien tiene que ser motor.

Pero hay otros que hacen posible, como he comentado antes, el milagro de la continuidad, ese que hace que la vida pueda seguir dándose. Y, como los intermedios de reacción, surgen en determinado momento con el callado propósito de que todo pueda seguir funcionando, aunque en ello, incluso, se les vaya la vida. ¿Acaso no son eso los mártires? Los de altar y los que día a día lo dan todo a todos por todos, en la cotidianeidad y la rutina.

He decidido titular este artículo «¿Quién anda ahí?» para referirme a todas esas personas-intermedios de reacción que, sin que las reconozcamos o ni sepamos de su existencia, van por ahí arreglando, posibilitando, favoreciendo, empujando. Puede ser cualquiera, puedes ser tú mismo. Y, siempre, siempre, es Dios.

A Dios le gustan los números

¿QUIÉN ANDA AHÍ?

Hay personas que hacen posible el milagro de la continuidad, ese que hace que la vida pueda seguir dándose.

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DE MÍ PARA TI

Dios rellena los huecos vitales como nadie. Es así. ÉL es la fuente de calor inagotable a la que hay que acudir para volver a encendernos por dentro.

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NO ES LO MISMO

No me canso de repetirle a mis alumnos que, cuando escribimos una reacción química, entre reactivos y productos no se pone un igual. Se pone una flecha.

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