Hace tiempo que no escribo por aquí y quizás tenga algo que ver con el personaje de La Grazia, la última película de Paolo Sorrentino, interpretado una vez más por su alter ego Toni Servillo. En ella se reflexiona sobre la pérdida de la ligereza, ese estado difícil de describir que nos acompaña, sobre todo, en la infancia, la adolescencia y la juventud y que con el tiempo nos va abandonando a medida que crecemos y vamos perdiendo personas y cosas por el camino.

Quizás esta ausencia o esta falta de ligereza venga dada también por la sensación de la acumulación de pequeñas o grandes desgracias, sin aparente importancia, con las que nos levantamos cada mañana, con la acumulación de contenidos con los que nos atragantamos cada vez que entramos en alguna red social, o con esa idea, como dicen las amigas de Amiga, date cuenta, de que “Todo mal”.
En medio de esa maraña de cosas no puedo más que darle la razón a Lluís Aguiló cuando escribe en su libro Parálisis por agitación. Capitalismo, catatonia y presente secuestrado, de esa parálisis cotidiana a la que nos enfrentamos por la acumulación de miles de frentes que nos dejan exhaustos, sin saber muy bien de qué hablar, qué compartir, en qué centrar nuestra reflexión y, por ende, nuestra propia vida. A veces la vida se lleva por delante hasta los propios pensamientos, hasta esa subjetividad que aun pareciendo que es propia, se convierte en caldo de cultivo de los demás.
En esas he andado este último tiempo, refugiado también en otros menesteres, algunos más prosaicos, otros más elevados, todos anclados a la vida que viene y va cada día. Y desde enero hasta ahora me ha acompañado cada semana, los viernes, un capítulo de la serie The Pitt. La traigo a colación porque su desarrollo tiene que ver con lo que acabo de compartir. Al ser la segunda temporada de una serie de éxito, todo el mundo espera “el más difícil todavía” y la temporada, sin embargo, ha transcurrido con el vaivén necesario de lo cotidiano en un caótico hospital de urgencias, durante quince horas de un 4 de julio. Sin embargo, en esta ocasión, no ha tenido el impacto de la primera temporada, quizás porque los guionistas han apostado por construir toda la propuesta en torno al estado emocional de su protagonista, con sus luces y sus sombras. Y creo que ese estado esconde el elemento que condiciona la trama sutilmente todo el desarrollo. Quizás, como la propia vida, vamos poniendo en foco unas cosas y dejando fuera otras. Pero lo natural no está de moda, o al menos en la ficción, y necesitamos emociones cada vez más fuertes, giros de guion o continuos conejos saliendo de múltiples chisteras.
En ese desarrollo, más sombrío que luminoso, todo hay que decirlo, en el que aparece la crítica social y una acertada descripción de la locura en la que estamos inmersos, la serie elige un cierre que conjuga la ligereza con la luz. Decisión inusitada y colofón para la aparente cotidianeidad en la que se ha desarrollado la trama hasta entonces. Sin desvelar nada, el final descorre los velos, aparece el monstruo de la vulnerabilidad, pero, a la vez, entra la luz por el resquicio que menos esperamos. A veces, como dice uno de los personajes, tenemos que buscar a un acompañante que nos ayude a bailar con la oscuridad. Alguien que nos ayude a volver a ser ligeros frente a los abismos cotidianos.

Y esa intuición la leo en clave pascual, con la conciencia y la posibilidad de poder agarrarme una vez más a la luz del Resucitado para hacerle frente a esta agitación que tanto me paraliza en ocasiones. Y pienso en los discípulos, en esas primeras apariciones del resucitado, en los momentos de incertidumbre y en los espacios para la sorpresa y la alegría. Y entonces me siento mucho más ligero, mucho más esperanzado, me quito ese peso que uno coge con los años y vuelve a ese estado en el que la luz ilumina, calienta, acompaña, sugiere, asombra. Quizás lo más cercano a la ligereza sea volver a coger en brazos a un bebé como hace el Dr. Robby en la última escena de la serie, regalándonos la luz de su propia fragilidad, y quizás el quicio de la esperanza futura. Ese finísimo espacio de salvación, esos destellos, que todos anhelamos alcanzar.


