MUJERES EN EL NUEVO TESTAMENTO (III)

EN LA ENSEÑANZA DE JESÚS

Cuando nos acercamos detenidamente a los relatos que presenta Jesús como parte de su enseñanza, descubrimos con sorpresa que las protagonistas de su enseñanza son mayoritariamente las mujeres: la viuda pobre (Mc 12,41-44); la viuda de Sarepta (Lc 4,25-26); la reina del Sur (Lc 11,31); las diez doncellas (Mt 25,1-13); la mujer y el divorcio (Mc 10, 1-12); la mujer que encuentra la moneda perdida (Lc 15,8-10); la viuda y el juez (Lc 18,1-8).

Demos una mirada a algunos de estos relatos para rescatar actitudes de Jesús con las mujeres.

La viuda pobre (Mc 12,41-44)

La escena se sitúa en el Templo de Jerusalén, donde había un lugar separado para las mujeres. La mujer es descrita como viuda y pobre, es decir, el sustrato más vulnerable de la sociedad judía al no tener un hombre que la proveyera. De ahí que las ofrendas del Templo sean para los huérfanos y las viudas. Ella, en medio de su escasez, echa dos monedas de cobre de muy poco valor, es decir, hubiera podido echar una y quedarse con otra, pero no lo hace, da todo lo que tiene. Jesús vuelve esta acción una instrucción discipular. Jesús usa un superlativo cualitativo, no cuantitativo. Jesús resalta el hecho de dar lo que se tiene para vivir, no lo que le sobra: no egoísmo, individualismo, sino caridad y solidaridad. Ella, como mujer, ha aprendido a donarse y sabe que, si ella está en condición de necesidad, puede haber otras en iguales o peores condiciones que ella. Y esta debe ser la actitud del cristiano: donarse por completo sin guardarse nada.

La viuda de Sarepta (Lc 4,25-26)

Cuando Jesús dice que Elías, el gran profeta de Israel, no fue enviado a una israelita, es ya una provocación. Pero decir que la acción salvífica de Dios fue enviada a una mujer viuda que, como hemos advertido en el relato anterior, se encuentra en los sustratos menos favorecidos de la sociedad y que, además, es de Sarepta (pagana) es una doble provocación. El hecho que Jesús escoja a estas mujeres en su enseñanza muestra que la salvación de Dios es para todos y la forma de ejemplificar ese todos la hace a través de la figura de una mujer que no se vale por sí misma y necesita la ayuda de los demás. Al no ser judía y estar instruyendo a un auditorio judío también acentúa la capacidad de inclusión y de apertura que debe tener el seguidor de Jesús.

La viuda y el juez (Lc 18,1-8)

La parábola se ubica en el marco de la enseñanza sobre la perseverancia en la oración. De nuevo una viuda, una mujer que no tiene otra alternativa más que “mendigar” y esperar de otros, y esto, sin duda, era algo molesto para los demás, sobre todo para quienes tenían la autoridad o el poder para proveer. En este caso la mujer no reclama para sí bienes o sustento, sino justicia, y es tanta su insistencia que se le considera “molesta” y es esta actitud la que le consigue la anhelada justicia. Lo que llama la atención del auditorio masculino que se ubica en el bando del juez es que Jesús enseñe que solo quienes hagan como la mujer viuda, refiriéndose a la insistencia en la oración, podrán obtener de Dios su favor.

Las diez doncellas (Mt 25,1-13)

Esta parábola se da en un contexto escatológico. Todo el capítulo 25 se trata de la espera del creyente y de cómo debe ser esa espera. En la parábola se resalta el valor de la prudencia, entendida como quien pone su confianza en Dios y no en sí mismo, y por el contrario, la insensatez o necedad es no poner la confianza en Dios. Otros elementos significativos son la lámpara y el aceite que refieren a la oración confiada (aceite) que es lo que mantiene encendida nuestra fe (lámpara). Las mujeres tienden a ser más precavidas cuando se trata de anticipar las necesidades. Esto lo han aprendido al interior de sus hogares, anticipando las necesidades de sus esposos, de sus hijos y de todos los que forman parte de la vida en su hogar. Una vez más, Jesús resalta estas cualidades femeninas como ejemplo de la vida cristiana.

La mujer que encuentra la moneda perdida (Lc 15,8-10)

La enseñanza de Jesús tiene como protagonista de nuevo a una mujer. Comienza diciendo: “¿Qué mujer teniendo…”? lo cual acentúa la ironía de la parábola, pues las mujeres en el mundo judío no poseen bienes, y menos diez monedas de plata que representaban una gran cantidad. De ahí que se entienda por qué la preocupación y “algarabía” por una sola moneda. Preocupación y alegría que solo puede compartir con otras mujeres que entiendan su valor como ella. La alegría, la algarabía, el compartir lo que se siente, dependiendo de la cultura, es visto de manera despectiva, pues a la mujer se le ha enseñado a callar, a moderar, a guardar y todo esto es muestra de virtud. Pero Jesús aquí está enfatizando en lo desmedido, en lo que es inusual, en el sentimiento que se comparte cuando es genuino: y así, con estos sentimientos desbordados, compara Jesús el reino de su padre: desmedido en alegría y misericordia con el pecador que decide volver a él. Esta parábola no podría haberse hecho referida a un varón, porque Jesús encuentra afinidad a lo vivido con su padre con lo que manifiestan las mujeres que ha encontrado en su camino.

¿Se debe entonces empezar a asumir actitudes usualmente femeninas para ser un buen cristiano y entender la lógica de Dios y de su Reino? Todo apunta a que sí…

Mujer, Biblia y actualidad

MUJERES EN EL NUEVO TESTAMENTO (III)

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