En este trimestre pasado me tocó dar en la materia de Química de 2º de Bachillerato un tema que me encanta: Termodinámica. La Termodinámica tiene tres principios:

  • Primer Principio: principio de conservación de la energía interna de un sistema mediante la transformación de su energía en calor y trabajo.
  • Segundo Principio: la entropía total del universo siempre tiende a un máximo.
  • Tercer Principio: la entropía de una sustancia pura cristalina es nula en el cero absoluto de temperatura.

Todo esto suena fatal, pero, creedme que es súper interesante. Sin embargo, no me voy a parar en ninguno de éstos principios, sino en el que se llama Principio 0 (cero). Este Principio dice lo siguiente: «Cuando dos cuerpos con diferente temperatura entran en contacto, hay una transferencia de energía en forma de calor desde el cuerpo de mayor temperatura al cuerpo de menor temperatura». Es obvio, no hay que ser un genio de la Ciencia para deducir tal cosa, pero ahí está: es el Principio 0 de la Termodinámica.

Esa transmisión de calor no se da si no existe tal diferencia de temperatura. Eso es obvio también. Pero resulta interesante reflexionar sobre esto: no se puede dar lo que no se tiene. Alguna que otra vez he oído en casa aquello de «la caridad bien entendida empieza por uno mismo». Me han sermoneado con este mensaje, sobre todo en tiempos en los que he tenido mucha actividad relacionada con esos arrebatos de entrega, voluntarismo y ocupación que te dan cuando eres joven y crees que puedes transformar el mundo. Hay un momento en que te agotas, pero no es un agotamiento físico, sino interior, en el más estricto sentido que tiene la palabra agotamiento: ya no queda nada para dar.

Si sigues en la misma línea de querer entregar y entregarte a los demás, te das cuenta de que ya no es igual: has perdido la ilusión y las ganas. También la convicción en lo que haces. Y, además, lo llevas a cabo todo con pereza y falta de alegría (te puedes volver hasta un poco antipática).

Ante esta situación, es mejor parar. Si no hay nada que ofrecer, lo dicho: hay que parar. Como los dos cuerpos a diferente temperatura: en el momento en que ambos adquieren la misma, el proceso cesa, porque ninguna de ambas partes tiene nada que comunicar o contagiar a la otra. Quizás esto sea bueno, pues era lo que buscábamos cuando unimos los dos cuerpos: se ha cumplido el objetivo. Pero una cosa queda clara: la transmisión de calor ha cesado, y ya no hay más actividad.

¿Qué hacer cuando esto nos sucede, como he escrito unos párrafos más arriba? Hay que retirarse, al menos por un tiempo, hasta que recuperes ese “calor” necesario para seguir entregándote. Es el momento de hacer caso al consejo que se me daba en casa.

Puede que esto nos acarree cierto sentimiento de culpa. «¿Cómo voy a dedicarme ahora a mí misma, cuando hay tanto que hacer?». A mí me costó mucho entender esto y aceptarlo, pero es un paso para cuya ejecución requiere humildad y generosidad: no tengo nada para dar, no puedo pretender “salvar” a nadie si ahora soy yo la que necesita ser salvada de este vacío o de esta ausencia de ganas e ilusión. Ahora toca reponerlo, esto es: hay que subir la “temperatura interior” para que el Principio 0 vuelva a darse. Supongo que en la manera de hacerlo es donde puede radicar la diferencia. Por eso hay formas de llenar esos vacíos que, en realidad, no solo no los llenan, sino que van provocando más y más vacío, más tristeza y sin sentido.

Dios rellena los huecos vitales como nadie. Es así. ÉL es la fuente de calor inagotable a la que hay que acudir para volver a encendernos por dentro. Cuando buscamos saciar nuestra sequía interior, ÉL es el único manantial que lo hace de verdad. Ya lo dijo Jesús a la samaritana: «si bebieras del agua que yo te doy, no tendrías sed nunca más». Solo ÉL puede restablecer nuestras costuras descosidas y sanar lo agrietado. En los momentos de agotamiento, de no tener nada que ofrecer a nadie, hay que plantarse ante el Señor y estar ahí, aunque nuestra oración sea muda y pobre. Hay que permanecer ante ÉL, como cántaros vacíos, esperando y confiando.

Eso es lo que os deseo, nos deseo, para el Año Nuevo que estrenamos: regresar a los brazos de Dios. Su presencia es un regalo en nuestras vidas, por muy mal que vengan las cosas. Todo es mejor con el Señor que sin ÉL. Al menos así lo vivo yo. Y como una Desea a los demás lo que para sí misma desea, eso pido para el nuevo año: que no nos falten nunca las ganas de volver a Dios, como volvió el Hijo Pródigo, o volvió el leproso agradecido, o Pedro y Juan volvieron al sepulcro a buscar a Jesús Resucitado. Que volvamos a ÉL, siempre, siempre.

A Dios le gustan los números

DE MÍ PARA TI

Dios rellena los huecos vitales como nadie. Es así. ÉL es la fuente de calor inagotable a la que hay que acudir para volver a encendernos por dentro.

ver más »
A Dios le gustan los números

NO ES LO MISMO

No me canso de repetirle a mis alumnos que, cuando escribimos una reacción química, entre reactivos y productos no se pone un igual. Se pone una flecha.

ver más »
A Dios le gustan los números

EL CIENTO POR UNO

Dios siempre sorprende y devuelve el ciento por uno. Su amor, que rebosa, devuelve infinitamente la energía que gastamos en nuestras penalidades.

ver más »