En vísperas de la festividad de santa Teresa estuve en Alba de Tormes (Salamanca) donde está el convento en el que descansó después de pasar toda su vida gravemente enferma balbuceando aquellas palabras que se han hecho tan populares: “al fin, muero, hija de la Iglesia”.
Allí se conserva su cuerpo y su corazón. El corazón, el órgano principal de su cuerpo, está metido en un fanal de cristal, en una urna, en un relicario. Las reliquias tienen algo de cosificación, también tienen algo de apropiación y de poder para quien las tiene, pero no podemos olvidar que su principal sentido es recordarnos una presencia, y recordando el corazón de Teresa, recordamos su centro. El espacio transverberado por la flecha de un ángel, henchido de amor de Dios, centro de todos los encuentros. El corazón que antaño latió con la fuerza de los valientes, de los que arriesgan su vida y su alma por una misión.

El corazón de Teresa que sigue latiendo en el mundo a pesar de su aparente rigidez y su encapsulamiento en el fanal. Sigue vivo en su palabra, en su espíritu, en sus hijas e hijos. El corazón de Teresa late hoy con concordia, que significa “estar en unión de corazones”. Resuenan las palabras de Teresa cuando habla de “hacernos espaldas”. Unimos los corazones en un mismo fin, que no es otro que seguir a Jesús. Necesitamos espacios de concordia, de ponernos de acuerdo, de cuidarnos unos a otros.
El corazón de Teresa late con la cordialidad, que nace verdaderamente del corazón. Como sus palabras. ¡Qué mejor latido que unas palabras que se tornan universales y que siguen leyendo las nuevas generaciones! Desde perspectivas y lugares desconocidos, desde esquinas ignotas, apenas imaginadas por la tradición, pero ungidas por el asombro y el descubrimiento de una vida que se cuenta a ritmo de vida y oración. Porque “la vida y la oración en Teresa andan juntas”. Sus símbolos, sus poesías, sus descripciones, sus cartas, sus papelitos… son un hilo constante que siguen abriéndose a la interpretación y, sobre todo, invitando al interior, a lo profundo, a estarse amando al Amado. Mantener vivo ese latido cada vez que leamos sus palabras.

El corazón de Teresa late en el coraje, con el valor que sale del pecho y del corazón. “La determinada determinación” teresiana que se pone por encima de los espíritus pusilánimes o apocados. El espíritu de Teresa tiene un signo profético y valiente reconocido por el Magisterio, que también la reconoce como Doctora. La enseñanza de la oración, el camino del encuentro, la propia vida vivificada en el encuentro con Dios a través de su Hijo. El camino de oración de Teresa contando a través de sus obras que se expande en vidas distintas y tratados como las maneras de regar el huerto, el comentario al Padrenuestro y las Moradas o castillo interior.
El corazón de Teresa nos invita, también, a recordar, “a volver a pasar por el corazón por el lugar que se ama” y aquí invito al recuerdo y me callo, para que sea el silencio y sus palabras las que terminen de adornar estas palabras.


