AL ENCUENTRO DE JESÚS
La mujer encorvada (Lc 13,10-17)
La mujer es descrita en una manera cuádruple: (1) tiene «un espíritu»; (2) su parálisis ha durado dieciocho años; (3) ha sido cruelmente inclinada y (4) no puede levantarse directamente. La escena se ubica en el contexto religioso de la sinagoga en día sábado, es decir, un contexto altamente masculino. En este caso, la acción de Jesús no se da por iniciativa de la mujer: es Jesús quien la ve, le habla (v. 12) y luego pone sus manos sobre ella (v. 13a). El narrador termina con el protagonismo de la mujer: ahora está erguida y alaba a Dios (v. 13b).
Pero hay algo subyacente a este milagro: una discusión que surge instigada por el líder de la sinagoga (v. 14). El evangelista defiende el punto de vista de Jesús y su posición frente al sábado. Para esto Jesús hace dos preguntas: una didáctica “¿no desata cada uno de ustedes su buey o su asno del pesebre en sábado?” (v. 15); la segunda es una pregunta retórica en forma de conclusión (v. 16): “¿No es apropiado curar a esta mujer durante el día de sábado?”.
La mujer samaritana (Jn 4,1-42)
Una mujer de Samaría y Jesús, que era judío, se encuentran frente al pozo de Jacob, desafiando toda una historia y una tradición. El centro de la conversación entre Jesús y la samaritana es el agua que calma la sed. En el diálogo, Jesús interpela a la mujer frente a su actuar y le ofrece el agua que nunca dará más sed. La mujer es cuestionada sobre su centralidad en Dios y la espera del Mesías.
La mujer, de forma muy sencilla, ha revelado a Jesús quién es ella; Jesús le revela quién es Él: el Mesías, el Cristo, y le ofrece el agua de la vida. La mujer se convierte en testimonio de fe.
Para dar el paso al anuncio de la Buena Noticia, ella ha tomado conciencia de su historia. En el momento en que ella deja el cántaro y sale a anunciar que ha visto al Mesías, nos muestra cómo Dios nos acoge y nos ayuda a reconciliarnos con nuestra historia personal. No hay barreras para ser buena noticia y, lo más importante, Jesús no conoce fronteras.
La mujer de la unción (Lc 7,36-50)
El texto habla de una mujer considerada pecadora que es rechazada socialmente, es considerada impura. Curiosamente, la mujer no habla en todo el relato. Desde su condición de marginación, ella tomó la iniciativa de acercarse a Jesús, quien se encontraba en la casa de Simón, el fariseo. Este acto fue motivo de escándalo para los comensales, pues además de su condición socialmente conocida, entra en la casa de un varón sin ser invitada, motivada por una profunda fe y una gran valentía. Ella se acercó a Jesús en medio de su tristeza para ofrecerle lo que tenía. Jesús cuestionó al fariseo porque no lo recibió con tantos honores como lo hizo esta humilde mujer. Se dirigió a la mujer diciéndole que sus pecados habían sido perdonados y reconociéndole el acto de amor manifestado.
Jesús la pone en el centro de su atención redefiniendo los destinatarios de su acción y de su Reino.
La mujer sorprendida en adulterio (Jn 8, 3-11)
Al leer Lv 20, 10 y Dt 22,22 nos damos cuenta de que la mujer del relato no debería estar en peligro de apedreamiento. Ninguno de los casos descritos en la ley le aplica.
Es así como el relato se ubica en el marco de la confrontación de Jesús con un grupo de judíos contemporáneos a su ministerio, quienes le recriminan su reinterpretación de la Ley. Los elementos que aquí aparecen tienen que ver con la identificación propia de este círculo judaico, el cual Jesús confronta. En todo esto la mujer es solo una excusa para generar esta discusión. Por eso Jesús quiere sacarla rápidamente de esta situación de la que nada tiene que ver: él la protege confrontando y desafiando a sus acusadores y, aunque ella no sea digna de la condena que quieren imponerle, Jesús la invita a salir de su pecado y le da la posibilidad de una nueva vida.
La viuda de Naín (Lc 7,11-17)
En un pasaje cuidadosamente confeccionado por el evangelista, Jesús preside una especie de marcha con sus discípulos que se dirigen a la ciudad e igualmente también el féretro del joven preside una procesión que sale de la ciudad. Podríamos hablar entonces de dos procesiones: una procesión de la muerte (el funeral) y una procesión de la vida presidida por Jesús. Lucas enfatiza en la condición de vulnerabilidad de la madre: es viuda y ahora ha perdido a su hijo único. Pero Jesús convertirá la marcha funeraria en una procesión que entra de nuevo a la ciudad trayendo vida y esperanza.
Ante el encuentro con el funeral, ¿qué hará Jesús? ¿Se unirá a la muchedumbre solidaria para mitigar con su compañía (y a lo mejor sus palabras) el dolor de la madre? ¿O hará algo diferente, algo que más nadie sino el Mesías vino a hacer? En lo que Jesús hace vemos el poder de Dios, el propósito y alcance de su misión: sembrar vida allí donde parece reinar la muerte.
Marta y María (Lc 10,38-42)
La descripción de María, sentada a los pies del Señor, se corresponde a la postura de un discípulo ante su maestro (Lc 8,35; Hch 22,3), lo que es algo atípico en el mundo judío; mientras que la figura de Marta, ocupada de los quehaceres de la casa es la típica concepción de la mujer en la cultura.
Esta situación en nada pretende poner a discutir qué acción es “más importante” si la escucha de la Palabra o el servicio a la mesa. El mensaje es claro: es la escucha de la Palabra el primer paso y/o lo que debe motivar cualquier tipo de servicio. Si no, sería “servilismo” o “activismo” desprendido de la fe y la oración.
La sirofenicia (Mc 7,24-31)
Marcos presenta a la mujer como griega y sirofenicia. Aunque esta presentación puede ser tomada como designación étnica, también puede apuntar a una designación cultural. Mateo hizo frente a la dificultad de la impureza que le implicaría a un judío como Jesús entrar en contacto con una persona pagana o no judía, presentándola como una mujer cananea de aquella región (Mt 15,22). La mujer era una nativa helenizada y pertenecía al estrato social superior. Al lector no le cabe la menor duda de que se trata de una extranjera, no de una judía, por eso llama la atención que esta mujer pagana se echa a los pies de Jesús para hacerle una petición que ella misma no puede proveerse ni encontrar en su territorio (Mc 7,25. Cf. 5,33).
La interacción con Jesús demuestra que ella ha entendido perfectamente de qué se trata la misión de Jesús, cosas que los discípulos parecen no haber comprendido (ver Mc 8, 17. 21).


