Hace tiempo vi un monólogo del actor Dani Rovira, titulado Vale la pena. Se aprende mucho viendo a los que se dedican a la comunicación y a la interpretación. Son varios los casos que usan realidades de su vida para crear un espectáculo que combina el humor con la reflexión, y que acaban metiendo como se suele decir “entre col y col lechuga”.

Esa técnica del monólogo es perfectamente aprovechable, a mi modo de ver, para la homilía por ejemplo. Sin dejar de lado ese principio de que una homilía empieza en la Biblia y acaba en la Biblia, pero en ese camino se pasa por la vida, y, en muchas ocasiones, pasa por mi vida concreta. Esas experiencias personales pueden ser un baúl de recursos muy aprovechable.

Descubrirse y recordar momentos en los que uno se ha portado como el cirineo, como el samaritano, o como el sacerdote y el levita; como el fariseo o como el buen pastor con la oveja perdida, o como Pedro negando, como Tomás dudando, o como Pablo persiguiendo. Cada vez que uno puede identificarse con un personaje de la Biblia tiene en sus manos una herramienta de comunicación que llega: el testimonio personal. 

Hay que ser muy valiente para decir “yo fui Caín una vez” o «yo actué como el rey David» o «yo me he sentido como el santo Job». 

El valor de nuestro relato no está en parecerse o recordar aquel pasaje de la Biblia, no está en actualizar al día de hoy aquella situación. Está en la vigencia de la enseñanza que de aquello se pudo derivar y que ahora “a mí” me ha sucedido. Porque no es preciso que se replique la escena, basta con que haya elementos que la puedan vincular y, sobre todo, que puedan dejar ver que Dios ha estado presente (o ausente) en mi caso como lo estuvo en aquel relato que hemos leído. 

Luego los matices de cada historia serán el aderezo que la pueda hacer más o menos atractiva y, por supuesto, la gracia a la hora de contarlos, ahí sí que se ponen en juego las habilidades comunicativas de cada uno.

Pero no desechemos nunca nuestras propias experiencias, valoremos el grado de intimidad que queremos preservar, máxime si hay terceros implicados en la historia, pero hagamos el ejercicio de contarnos a nosotros mismos nuestra propia historia y ver si nos sorprende, si nos resulta atractiva, si sacamos moraleja, si sentimos que Dios ha estado de verdad presente en esa historia. Porque al final nada para poder llegar a tu público como la vida misma.