Espiritualidad y creencias en la clase de Religión

Resulta especialmente importante para el profesorado de Religión aclarar la relación entre el mundo de la espiritualidad y el mundo de las creencias. Quizá ello ayude a superar algunos complejos y prejuicios que asedian el ámbito de la Enseñanza Religiosa Escolar.

Cuando un docente de Religión afronta el reto de educar la inteligencia espiritual desde su aula percibe, con demasiada frecuencia (sobre todo en centros públicos), que se cierne sobre él la sospecha de utilizar el desarrollo de lo espiritual como sistema de adoctrinamiento.

Se asocia lo espiritual a la transmisión de creencias. Es cierto que no se puede desgajar la espiritualidad del cuerpo de creencias de una persona, pero es fundamental aclarar la relación que existe entre ambas. Como escribió Ortega y Gasset en Ideas y creencias, toda persona es un ser credencial. Todos nos movemos por creencias, sean religiosas o seculares. Lo que nos distingue a los seres humanos entre nosotros es el modo como creemos y lo que creemos, pero no el hecho de creer. Los niños también tienen sus creencias y, a lo largo de su desarrollo emocional e intelectivo, analizan estas creencias y, algunas de ellas dejan de ser objeto de creencia para asumir otras nuevas.

Cada uno de nosotros vamos configurando nuestro propio contexto credencial, siempre transitorio y dinámico. En este sentido, juega un papel decisivo la inteligencia espiritual porque capacita para tomar distancia de las creencias, analizarlas y valorarlas. Ello nos ayuda a decidir qué hacemos con nuestras creencias, si mantenerlas vivas o deshacernos de las que nos dificultan el bienestar físico, emocional y social.

Los niños son receptores de los valores y creencias de su entorno, pero no están determinados por ello. Tampoco lo están los niños y jóvenes que acuden a clase de Religión Católica. Prueba de ello es que muchas personas adultas, que ahora manifiestan su ateísmo o su agnosticismo, han recibido educación religiosa. Su sistema credencial, pues, demuestra que han conservado toda su libertad. Al educar la inteligencia espiritual de los niños, se les capacita para tomar conciencia de lo recibido y llegar a una verdadera autodeterminación espiritual que nutra su autonomía en el pensar, en la acción y en la convivencia.

Precisamente en esta esfera colectiva de la convivencia tiene un papel decisivo el cultivo de la inteligencia espiritual en clase de Religión, pues predispone a nuestro alumnado para identificar los valores comunes para el buen desarrollo social. Les permite trascender, ir más allá de las creencias particulares, para identificar lo que une a los seres humanos. Es el punto de partida de un auténtico diálogo interreligioso y cultural, tan necesario en nuestros días. Todo el profesorado, y especialmente el de Religión Católica, estamos implicados en el desarrollo de la solidaridad espiritual, porque es el fundamento y la base de una auténtica solidaridad social.

Anotamos un último apunte importante. El término ‘creer’ expresa un abanico de actitudes diferentes, que van desde el simple asentimiento mental a unas determinadas formulaciones doctrinales, hasta la confianza y fidelidad como orientación vital. La fe se ha entendido frecuentemente como asentimiento mental. Sin embargo, en la Sagrada Escritura, tiene una acepción mucho más profunda, rica, significativa y experiencial, pues significa confianza.

El asentimiento mental de la doctrina es el mapa, más o menos ajustado, que apunta hacia el territorio, que es realmente la experiencia vital de confianza, de sentirse enraizado en «el Señor, mi Roca» (Sal 144). «Es creyente, no tanto quien afirma unos determinados contenidos mentales […], sino quien experimenta a Dios como una Presencia interior que le asegura una confianza inquebrantable. La fe, por tanto, no se juega ya en la cabeza, sino en las entrañas. No es admitir unas ideas u otras, sino hacer la experiencia de sentirse radical y definitivamente sostenido de un modo incondicional»[1].

La fe trasciende la mente. En el Evangelio, los cristianos encuentran una propuesta de vida, más que un compendio doctrinal. Así queda reflejado innumerables veces: «yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10b). La fe cristiana es la confianza en Jesús como fuente de vida eterna, de vida en plenitud. «La plenitud no se posee: se irradia»[2]. El cultivo de la inteligencia espiritual capacita para este tipo de experiencias.

La inteligencia espiritual no es una forma de inteligencia más, sino es la que vertebra e integra a las demás. La experiencia creyente no es una experiencia más, es la experiencia que dota de sentido a todas las demás.


[1] E. Martínez Lozano ¿Qué decimos cuando decimos el credo? Una lectura no-dual, Desclee De Brouwer, Bilbao, 2012, pp. 28-29.

[2] J. Melloni Ribas, Hacia un tiempo de síntesis, Ed. Fragmenta, Barcelona 2011. p. 53.