MÍSTICA DEL CUIDADO II: LA CONEXIÓN RADICAL

Todo en el Universo está relacionado, se repite una y otra vez en Laudato Si’. La mística es aquello que nos permite reconocer todo aquello que une, vincula, religa e integra.  La Física y la Química nos han enseñado que los seres humanos somos polvos de estrellas, que el Universo está poblado por los mismos cuatro elementos químicos fundamentales que forman la base de nuestra arquitectura biológica: nitrógeno, oxígeno, carbono e hidrógeno. Combinados de forma distinta, pero formando la misma base. La mística contempla esta realidad desde el asombro y la admiración, reconociendo que urge un nuevo modo de habitar el mundo. Este paso conlleva «concebir el planeta como patria y la humanidad como pueblo que habita una casa de todos» (LS 164).

La mística del cuidado nos aloja en la red de la interdependencia y esta nos obliga a pensar en todos los comunes que compartimos: aire, tierra, agua, bienes relacionales y tantas experiencias que abonan la bondad del cuidado de lo que nos pertenece a todos los seres vivos. «Hace falta la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos» (LS 202). Esta es la palanca que hará efectiva el cambio de rumbo que la humanidad necesita. Sentirnos conectados con todo lo vivo ayuda a pensarnos como especie, como única familia humana.

La conversión ecológica que se plasma en Laudato Si’ constituye uno de los pilares de la mística del cuidado. Implica sumergirse en la lógica de la gratuidad y de la gratitud, es decir, se nos invita a reconocer todo lo recibido y renunciar a toda forma de conquista. Esa inmersión despierta la conciencia de que estamos relacionados con todo lo vivo y con la fuente de vida, y nos permite contemplar el mundo no desde fuera sino desde dentro del mismo, formando parte de él. Ya la Carta de la Tierra nos advierte que hemos de recordar este tiempo de transición global como «el despertar de una nueva reverencia ante la vida» . Esta reverencia solo puede venir de estar anclados al cuidado que hemos recibido, al que pertenecemos y desarrollamos. De esta forma, la mística del cuidado se proyectará en una adecuada cultura del cuidado que hemos de alentar. Cuidar forma parte del desarrollo de una espiritualidad ecológica.

La pandemia del coronavirus nos ha dejado postrados como humanidad herida y enferma. Salir de unas consecuencias tan devastadoras en medio de una crisis económica y laboral sin precedentes, conlleva la necesidad de reinventarnos como educadores, como empresas, como colegios, como organizaciones, como países. Y esa reinvención no culmina en el teletrabajo, para quien pueda acceder a ello. Necesariamente pasa por un salto de nivel de conciencia donde la interdependencia y el sentido de la ayuda mutua esté presente de forma explícita. El salto espiritual que la realidad nos solicita se vincula estrechamente con la creencia y con la certeza de que dependemos unos de otros y nos necesitamos unos a otros para seguir viviendo juntos, para que no sobreviva el más fuerte ni rija la ley de los poderosos.

En último extremo, esta interconexión fontanal nos remite a Dios contemplado y leído en el libro de la naturaleza y de la vida del que formamos parte.  De hecho, un rasgo común que pertenece a las experiencias místicas es que, para las personas que las viven, el mundo es mucho más de lo que es, de lo que vemos. La experiencia mística permite descubrir en la realidad huellas de profundidad. En su crueldad, también la pandemia del coronavirus puede dejar al descubierto huellas de una simplicidad olvidada, vestigios de una armonía perdida, sonidos de una música no escuchada todavía.

Para Leonardo Boff la naturaleza relacional del universo y percibir las conexiones de todos con todos es una de las formas de nombrar a Dios hoy. «Nada queda fuera de esta danza divina», afirma el teólogo brasileño. A esto él lo denomina panenteísmo. Filológicamente es una palabra enormemente rica: pan (todo), en (en), teós (Dios). Significa «todo está en Dios y Dios está en todo». Hay una profunda interconexión entre Dios y mundo. Esto no es una forma de panteísmo, que alienta la fusión y la identificación entre creador y criatura. El panenteísmo, por su parte, afirma una diferencia (lo uno no es lo otro) pero «acentúa la relación recíproca e íntima que permite la coexistencia y convivencia de realidades diferentes que se unen en el amor, una relación sin abismo que las separe». Nada ni nadie existe por separado completamente. Todo está conectado y todos los seres vivos formamos parte del proceso de la vida.