LA TEOLOGÍA DE LA LUZ EN GUERRICO DE IGNY

El beato Guerrico de Igny fue abad de esta fundación en la diócesis de Reims. Hijo predilecto de san Bernardo, nos ha dejado 54 sermones centrados en la doctrina de la luz encarnada en Jesucristo, que ardió en las lámparas de Juan Bautista, los sabios de Oriente y Simeón, pero que sigue iluminando las acciones de sus actuales discípulos[1]. Su planteamiento arranca de Sant 1,17: «Todo don perfecto, viene de arriba, del Padre de las luces» y pasa por el hecho de que Dios ha llamado a su pueblo de las tinieblas, para llevarlo a su «luz admirable» (I Pe 2,9). Dios es el que hace salir el sol «sobre buenos y malos» (Mt 5,45). Jesús es el resplandor del Padre, que «ilumina a todo hombre» que vive en el mundo (Jn 1,9) y que brilla en los brazos de Simeón (cf. Lc 2,28-32). Para Guerrico, el Señor ha iluminado el alma de los justos con la fe, para que no anden en tinieblas. La vida de los creyentes se desarrolla entre dos acontecimientos temporales fundamentales: la Encarnación del Verbo y su Parusía al final de los tiempos; durante este tiempo, la vida temporal, los creyentes no andan en tinieblas, porque tienen la fe, don y tarea que ilumina el alma y el intelecto, que les hace percibir lo invisible y lo incognoscible.

La teología de Guerrico habla de tres grados mediante los que el creyente puede hacer progresar su alma: la luz de la fe, la luz de la justicia y la luz de la ciencia espiritual. Los cristianos están invitados a caminar en la luz de su fe, para que progresen en claridad, mediante la guía del Espíritu avanzando hacia el siguiente grado. La luz de la justicia es más amplia, porque es interior y también es eterna, la luz del juicio de la propia fe y la luz del testimonio de Dios, que el Creador hará brillar (cf. Sal 36,6). Finalmente, la luz de la sabiduría espiritual se enciende con la lectura frecuente de la Sagrada Escritura, unida a la justicia de las buenas obras; consiste en gustar y ver la dulzura del Señor (cf. Sal 33,9) y es revelada por el propio Espíritu Santo (cf. I Cor 2,9-10). De esta manera, la luz primera de la fe ilumina el alma de uno mismo, mientras que la de la justicia está destinada a los demás para que vean las buenas obras; la tercera luz o grado de la luz es la palabra que edifica, que evangeliza.


[1] C. Hallet, “La teología de la luz de Guerrico de Igny”, en Teología y vida 47 (2006), 497-508.

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