MIRAR DE FRENTE A LOS ABUSOS EN LA IGLESIA

Las noticias sobre abusos en la Iglesia van goteando día a día dejando un reguero de dolor que nos sobrecoge. No cabe esconderse ni echar balones fuera. Desde el Vaticano, Hans Zollner avisa: «si la Iglesia no cumple con su deber serán otros quienes lo hagan». Refugiarse en las estadísticas de los casos denunciados (pocos o muchos) es invisibilizar y revictimizar a tantos casos reales aún no denunciados. Lo cierto es que la realidad de los abusos sexuales es un hecho que nos horroriza. Algo importante se nos ha venido abajo.

El abuso nace de una concepción de la relación interpersonal basada en el domino del otro, la asimetría y, en definitiva, el abuso de poder. Ciertamente vivimos en una sociedad de abusos, pero hay instituciones que por su modelo de organización en no pocas ocasiones la autoridad se ha transformado en manipulación, el acompañamiento en seducción y la cercanía en traspasar los límites de lo permitido. Así ha sucedido en la Iglesia y en sus instituciones, también en la educativa. No ha fallado solo una norma, ha fracasado el respeto como valor educativo.

Es creciente el interés de no pocas instituciones educativas en aclarar estas situaciones y ponerse manos a la obra. La cultura del cuidado se va haciendo hueco comenzando por formar a los docentes en este tipo de situaciones para las que nadie nos había preparado. Ante los abusos, propongo seguir las indicaciones del papa Francisco:

«Estamos retados a mirar de frente este conflicto, asumirlo y sufrirlo junto a las víctimas, sus familiares y la comunidad toda para encontrar caminos que nos hagan decir: nunca más a la cultura del abuso»[1].

Mirar de frente significa abrir los ojos y ver la realidad de los abusos sexuales en el seno de nuestras instituciones de Iglesia, así como tantos casos de abusos que sufren los menores, especialmente en el seno de sus familias o a través de redes sociales e internet. Los datos son incontestables y, sin embargo, muchas personas se acogen a falsas creencias que tratan de hacer irrelevante esta realidad. No podemos seguir negando la importancia de hechos tan graves. Y, aunque muchos delitos han prescrito, las heridas permanecen abiertas.

Mirar de frente es escuchar especialmente la voz de las víctimas de abusos sexuales. Los agresores, y más si son docentes, sacerdotes o figuras de cierto relieve, siempre cuentan con altavoces para expresarse. Las víctimas están silenciadas y necesitan ser escuchadas con limpieza, sin prejuicios. Mucho cuesta elevar la voz de la denuncia, y más siendo menor y estando totalmente desorientado. «Creo en ti» son las palabras que necesita escuchar la víctima.

Mirar de frente es situarse con compasión, dejarse afectar por el sufrimiento de quien ha sido herido en su cuerpo y en su espíritu. Ante los abusos sexuales hay que proceder con diligencia ante las instancias judiciales y es preciso acoger y acompañar con corazón grande y profesionalidad a las víctimas en su proceso de sanación. También a los agresores, al mismo tiempo que se les denuncia sin reparos, se les ha de ofrecer caminos de acompañamiento.

Mirar de frente es promover en los colegios la cultura del cuidado como prevención de los daños futuros y como reparación de los daños causados. Prevenir en las tutorías, en los proyectos interdepartamentales, en la formación de los docentes, en los programas de Aprendizaje y Servicio, en la acción pastoral. La cultura del cuidado se despliega creando espacios de seguridad y vínculos de confianza desde el respeto y la mirada atenta.

Mirar de frente es transformar, en definitiva, tanto los corazones arrogantes como las estructuras asfixiantes. Los abusos pueden paliarse, pero, sobre todo, necesitamos habitar y convivir en el seno de familias amorosas y de una Iglesia acogedora y samaritana. Para ello es preciso diligencia, voluntad y transparencia.

Es tiempo de poner luz sobre tanta oscuridad. Una oscuridad en la que la institución se ha blindado durante demasiados años. El tradicional miedo al escándalo, argumento tan manido por buena parte de la jerarquía eclesiástica, se vuelve contra la misma Iglesia, y a los creyentes de a pie no les cabe ya tanto escándalo. La gotera es incontenible. Las víctimas de abusos necesitan ser escuchadas, ser acompañadas en su proceso de sanación y ser reparadas por los daños recibidos.


[1] Papa Francisco, Prólogo en D. PORTILLO (ed.), Teología y prevención, Sal Terrae, Santander, 2020, p.7.

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