EL CUIDADO DE LA PALABRA

Los docentes somos profesionales de la palabra. Con ella enseñamos y transmitimos y, según el uso que hagamos de ella, podemos mostrar el lado más amable o el perfil más duro.  Necesariamente usamos la palabra, pero también podemos abusar de ella y hacer un mal uso de la misma. Podemos emitir palabras en forma de caricia que cuida o comunicar veneno que arrasa. La palabra es expresión de la contradicción que somos como seres humanos. Hay palabras dichas a tiempo y otras a destiempo. Por no saber qué decir, a veces abusamos de una palabra inadecuada.

Entre la escasez del habla y el exceso que lleva al abuso se encuentra la palabra adecuada. Saber hablar y saber callar. Cuidar al otro significa también prever qué posible daño pueden causarle mis palabras. Hay una tensión que se dirime entre saber elegir cuándo debo hablar y cuándo debo callar. Queriendo buscar un resultado con mis palabras puedo provocar uno muy distinto en nuestro interlocutor. Debiéramos seguir el consejo de don Quijote a Sancho: «enfrena la lengua; considera y rumia la palabra antes de que salga de tu boca». En efecto, la lengua contiene un poder destructor considerable si la dejamos explayarse sin contención alguna. Nuestras reuniones de claustro o de departamento, o la manera con que en ocasiones abordamos los conflictos en el aula saben de todo esto.

Entre profesores y alumnos se emplean palabras que forman parte del encuentro humano. Importa salvar siempre la relación interpersonal y no quedar atrapado en la esclerosis de un lenguaje profesionalizado solo vinculado a la asignatura y, en general, a lo que se espera en un ámbito educativo. A veces nos quedamos anclados en un lenguaje que marca distancias, que se fija solo en lo negativo del otro, que no motiva ni emociona ni fomenta el encuentro humano. Por el contrario, la palabra amable y auténtica, que toma muy en cuenta la realidad y posibilidades del otro, es la llave de un encuentro fecundo en una entrevista de tutoría, en un diálogo en clase, en un encuentro casual en el patio o por los pasillos del centro escolar.

Cuando abordamos la situación de un alumno o alumna con dificultades de convivencia o aprendizaje lo que menos necesita es: «ya te lo dije», «¿lo ves?». En el ámbito educativo es fundamental traspasar la profecía autocumplida y no etiquetar ni profetizar; lo que cabe esperar de quien educa es acoger y acompañar.

La palabra adecuada siempre es una palabra oportuna. Transcurre en el tiempo vivido como kairós y nos sumerge en el acontecimiento del encuentro con el otro. El kairós es el tiempo oportuno y se desarrolla en un espacio cuidado donde emerge la prudencia, el sentido de la medida, el respeto y las garantías para que los derechos del otro no sean vulnerados. En este sentido hemos de hacer autocrítica y decirnos dónde y cuándo hablamos de los alumnos con nuestros compañeros docentes. Muchas veces es en la sala de profesores o en la cafetería. Y se habla de cualquier manera. En esos contextos no es fácil que salgan palabras adecuadas y sí palabras necias, atrevidas y desafortunadas. Cuando los tiempos y los espacios no ofrecen garantías es peligroso despertar a las palabras, porque engrandecerán lo peor de nosotros mismos.

La tradición tolteca de México habla de la necesidad de que nuestra palabra sea impecable. Es decir, que no la empleemos contra nosotros mismos. Porque al lanzar una ofensa a alguien, en el fondo la estoy utilizando contra mí mismo. Habla de lo peor de mí mismo. Mi veneno emocional va en contra de mi propia persona.

El cuidado de la palabra tiene una gran conexión con el cuidado y el amor a uno mismo. Si estoy bien conmigo expresaré ese bienestar en mis relaciones con los demás y seré impecable con mis palabras, en la esperanza de que esa acción provoque en el otro una reacción semejante. Cuando se es impecable con las palabras dichas, aunque se traten temas dolorosos, es posible que dejen vías de salida, de aceptación de la realidad y de búsqueda de salidas posibles.

Siempre nos quedará la palabra adecuada como tesoro al que cuidar. Así lo expresa Blas de Otero:

Si he perdido la vida, el tiempo, todo

lo que tiré, como un anillo, al agua,

si he perdido la voz en la maleza,

me queda la palabra.

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