Toda cultura institucional está tamizada por el tipo de palabra que se emite y dialoga, y no solo por la que se escribe en documentos que quedan en las estanterías. Para el biólogo chileno Humberto Maturana, conversar es la base de la cultura de cada grupo u organización. Podríamos afirmar: «dime de qué y cómo conversas y te diré qué tipo de cultura fomentas». La conversación es el entrelazamiento de emociones y de acciones coordinadas entre sí. Debajo de cada acción, de cada juicio hacia el otro hay una emoción (miedo, enfado, alegría, etc.). La emoción, y no la razón, es la base de la conversación y, por ende, de la cultura que construimos. Todo lo que hacemos lo hacemos por algo y ese algo está compuesto en su mayor medida por emociones reconocidas u ocultas. Lo que guían nuestras acciones son las emociones, de modo que podemos afirmar que los humanos somos seres eminentemente emocionales. Hacia dónde nos dirigimos como personas depende en buena parte de nuestros gustos, miedos o preferencias. Y sobre ello montamos nuestros sistemas racionales explicativos. No al revés.

Ciertamente, nuestra cultura occidental ha menospreciado las emociones y, a veces, se las ha considerado como aquello que interfiere en lo realmente importante: la racionalidad. Pero no existe conversación en la práctica sin la emoción que la sustenta, sea del tipo que sea. En esas ocasiones, se confirma la sentencia de uno de los personajes de los relatos de la escritora Ángeles Mastretta: «No hay mejor cura que un buen rato de conversación». Ante cualquier pequeño conflicto entre alumnos en el aula o en el recreo podemos optar por medias disciplinares o, tal vez, si se dan las condiciones adecuadas, podemos abrir un espacio de conversación que intente aclarar lo sucedido, expresar emociones y necesidades que se encuentran debajo de las actuaciones y reconocer aquello que ha producido daño. Hay que dar tiempo para abrir la posibilidad a una conversación que no condena.

Trenzando conversaciones, las culturas se configuran como redes de conversaciones donde se coordinan emociones y acciones de una determinada manera. En ese sentido, cada institución, cada colegio, desarrolla una red de conversaciones específica y, así mismo, despliega en mayor o en menor medida una cultura del encuentro y del cuidado o tal vez una cultura del descuido por los demás. La clave serán las emociones que se pongan en juego en el acto de conversar. Y la emoción primordial que constituye la base de la convivencia humana es el amor. Eso se da cuando el interlocutor de mis conversaciones aparece como otro legítimo, del que no debo temer, con quien no compito, al que no tengo que vencer ni convencer. «Cada vez que uno destruye el amor, desaparece la convivencia social», asegura Maturana. Y las formas de destrucción también se dan en las conversaciones que anulan al otro; por el contrario, fortalecer el vínculo del amor a través de la conversación ayuda a una mejor convivencia entre seres humanos.

Cada colegio tiene un lenguaje propio y específico que le define. Se ve en las aulas, en los pasillos, en los modos de entablar diálogos; también se observa en la puesta en marcha de los criterios educativos, en el modo de resolver los conflictos, en el valor que le dan a la palabra perdón o reconciliación. Las redes de conversaciones de un colegio describen qué es lo importante y qué lo secundario, qué peso tienen las personas en la institución y cuáles son realmente los valores éticos que se promueven por la vía de los hechos y no solo a través de reglamentos.

Así las cosas, hemos de extraer dos características fundamentales de una conversación comprendida como verdadero encuentro. En primer lugar, el respeto, entendido como valoración de la otra persona como otra legítima, valiosa, a la que no puedo reducir ni a función, ni a número ni a cosa. La persona con la que converso es, sencillamente, alguien como yo. Si converso para que la otra persona valide mis opiniones no estoy respetando la autonomía del otro. Y, en segundo lugar, la confianza, entendida como creación de un ámbito de autenticidad compartida, desde la aceptación de la legitimidad del otro. Para confiar se requiere respeto y el respeto se gana en la creación de un ámbito de confianza.

Respeto y confianza configuran los mimbres invisibles con los que construimos las conversaciones visibles. Abrir una conversación es cuidar la palabra, la escucha y, así mismo, cuidar al otro como un otro legítimo, alguien que no está frente a mí sino alguien con el que estoy construyendo algo nuevo. Ese entramado conversacional generará una verdadera cultura del encuentro.

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