TAMBORES. SOMOS CONVOCADOS A LA EXPERIENCIA RELIGIOSA

Nadie puede sentir lo que no ha vivido. Lo mismo pasa con la fe: no se puede vivir la fe si no se ha tenido una fuerte experiencia religiosa que ha cambiado tu vida radicalmente. Si queremos ser evangelizadores eficaces de nuestra sociedad y de la calle cuando procesionamos, debemos tener presente que es nuestra obligación provocar, en aquellos que nos ven, esa experiencia que, de forma consciente o inconsciente, desean cuando se acercan a nuestros desfiles procesionales.

Los tambores de nuestras cofradías, con su ritmo acompasado, lento, reiterativo, posibilitan que los destinatarios de nuestro mensaje evangelizador tengan una eficaz experiencia religiosa. Todas las religiones tienen estos compases repetitivos, letánicos, que evaden la mente de lo cotidiano para elevarla hacia el Misterio. Pero también son instrumentos que convocan. La palabra «convocar» viene del latín con-vocare (con voz); se trata del mismo vocare que es raíz de la palabra castellana «vocación». En definitiva, atendiendo al orden etimológico, los tambores convocan, a propios y extraños, cofrades y viandantes, para atender a la propia vocación cristiana que anida en el interior de cada hombre.

La palabra vocación ha caminado por una senda muy estrecha a lo largo de la historia de la Iglesia: desde el siglo IV hasta los albores del Concilio Vaticano II se ha aplicado con exclusividad a la vida religiosa; al monacato primero y luego al ministerio sacerdotal jerárquico. En definitiva, ha habido una absorción por parte de algunas vocaciones particulares de todo el mundo vocacional[1]. A pesar de que Pablo VI en su Encíclica Populorum progressio deja bien claro que la vocación se dirige a todo hombre y a todo el hombre (cf. nn. 14-15), cuesta superar el lastre de tantos siglos y observar el concepto como una llamada a la vocación cristiana en general y no a las llamadas «vocaciones de especial consagración».

Para un cristiano que abre la Biblia, queda bastante claro que es Dios quien llama y lo hace a través de mediaciones que despiertan, concretizan y sitúan la vocación: a Josué a través de Moisés (Nm 27,18), a David a través de Samuel (I Sm 16,11-13), a Eliseo a través de Elías (I Re 19,15-16). En el Nuevo Testamento las llamadas parten de Jesús y después de la comunidad (Hch 1,15-26). Estas mediaciones pueden ser internas (la conciencia moral o la realidad de haber sido creados por Dios) o externas, entre las que prevalecen las de orden histórico a través de las cuales Dios obra en las personas. Son muchas las personas que han oído esta llamada a la vocación cristiana a través de los gestos o de los testimonios de otras personas que, cristianas como ellos, provocan una experiencia de fuerte relación con Dios, que transforma la vida. No podemos desdeñar que las procesiones bien hechas pueden desencadenar este proceso vocacional en las personas que las contemplan.


[1] A. GUERRA, Vocación en C. FLORISTÁN, Conceptos fundamentales de Pastoral, Ed. Cristiandad, Madrid, 1983, p. 1045.

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