La nueva cumbre sobre el cambio climático celebrada en Egipto ha supuesto un nuevo paso atrás. Sin acuerdos que aborden la ley del exceso que se ha instalado en los países que más contaminan. Sin voluntad de cambiar. Casi lo esperábamos. ¿Qué nos queda esperar? Y, sobre todo, ¿qué esperanza podemos generar entre las nuevas generaciones?

Sabemos que como humanidad atravesamos una crisis colosal que pone en peligro la continuidad de la especie humana. Unos no lo quieren ver y adoptan posturas negacionistas que culminan en un “bueno, en realidad las cosas no están tan mal”; “siempre hubo agoreros y al final salimos adelante”. En el otro extremo se encuentran los que ya se viven en estado de colapso planetario, donde hemos caído en lo inevitable, y tan solo se trata esperar en qué momento sucederá la catástrofe final. Tiempo de cuenta atrás… y nada más. Para unos no hay excesos y todo nos está permitido; para otros hemos ido tan lejos que el exceso se ha tragado las posibilidades de cambio.

Quizá entre uno y otro extremo quepa contemplar la sabiduría de una esperanza forjada en la capacidad de los seres humanos de hacernos cargo de la realidad en esferas diversas y complementarias: en lo local, ambiental, organizacional y político, eso sí, siempre que lo hagamos de manera inteligente. Porque es de inteligentes -siguiendo a Kant-  preferir la paz a la guerra o el apoyo mutuo al individualismo feroz. Es de inteligentes no ocultar la cabeza debajo de la tierra, como las avestruces, y empeñarse en buscar resquicios de posibilidad por pequeños e insignificantes que estos sean.

Esa esperanza, que no es nítida y que se mueve en terreno resbaladizo, es el optimismo trágico del que hablaba el filósofo Emmanuel Mounier. Describe esa actitud que “excluye el profetismo soso o lúgubre tanto como la alegría sosa de sacristía”. No se abona a la tragedia del “nada se puede hacer” ni tampoco se diluye en un optimismo facilón de felicidad barata, que podemos comprar en una tienda de Mr. Wonderful. El optimismo trágico no es un estado de ánimo sino una forma valiente de estar en la realidad.  

En tiempos recios -decía Teresa de Jesús- “es menester hacerse espaldas unas a otras… para ir adelante”. Afrontar las dificultades de este tiempo invita a acuerparnos unos a otros sin esperar grandes cambios allí donde no tenemos poder de decisión, pero insistiendo con determinada determinación donde sí podemos. Ciertamente, el estoicismo que ha vuelto a nuestros días pregona la sabiduría de controlar lo que está a nuestro alcance; pero le falta la esperanza de arañar esquirlas de posibilidad a la dura realidad que también está a nuestro alcance. Necesitamos acuerparnos con optimismo trágico para resistir y para avanzar haciendo camino. Y ello exige una nueva sabiduría que supera al estoicismo y se vincula con la esperanza convertida en tarea, agenda y plan de acción.

Esta sabiduría reclama tres tareas educables:

  • En lo personal: estilos de vida sobrio, donde vivir con menos es hacerse cargo de lo suficiente que hace la vida más vivible para todos. La sobriedad tiene mirada ancha, y abarca a los que no conocemos, porque también nos importan.
  • En lo relacional: apretar los vínculos que nos constituyen como seres humanos en cualquier ámbito, fortaleciendo dos actitudes básicas: creer en las personas, que ocupan la centralidad de los organismos vivos, y reconocer sus capacidades, por encima de toda pretensión de domesticación del otro.
  • En lo estructural: estar atentos a los signos de los tiempos cuando emerge la posibilidad de un cambio sustancial: a través de un proceso de formación, a raíz de una mala praxis en la organización, al ponerse en marcha determinados equipos de trabajo. A veces, cuando menos lo esperamos, surge la chispa del cambio posible, de la iniciativa audaz.

El optimismo trágico se ancla en alguna que otra certeza en medio de la incertidumbre generalizada. “El acontecimiento será tu maestro interior”, repetimos de nuevo con Mounier. Y la atención ha de estar dirigida a los acontecimientos que reclaman respuestas audaces y prudentes. De esta forma, el optimismo trágico no es una palabra vacía sino una apuesta esperanzada por la transformación que urge, a pesar de la negativa insistente de tantos sumergidos en la indiferencia o, lo que es peor, en una guerra descarada a la vida.   

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