No sé si a ustedes les pasa lo mismo que a mí: que tengo la sensación de que nada reposa y echa raíces en mi interior. Quiero decir que, en esta ventolera en la que vivo, en la que hay que dar una respuesta «para ya», y donde las cosas se tenían que tener hechas para ayer, nada se asienta, sino que es como si todo se lo llevara una poderosa corriente de agua y no dejara nada que haga poso. Como que nada sedimenta en mí, alimentando con ello el temor de que algún día me quede hueca por dentro.

En Química, se define sedimentación como (escribo la definición tal cual) «el proceso por el cual el material sólido, transportado por una corriente de agua, se deposita en el fondo del río, embalse, canal artificial o dispositivo construido especialmente para tal fin». Con este concepto en mi cabeza, llevo varios días diciéndome a mí misma: «sedimentación, Almu, por favor, sedimentación». Porque voy como loca apagando fuegos que no puedo controlar que se incendien, y los días pasan por delante de mis narices tan rápidamente que no me da tiempo a analizar a qué se debió ese fuego y qué efecto ha provocado a su paso.

De viaje de novios, mi marido y yo fuimos, entre otros sitios, al Cañón del Colorado. Es asombroso lo que el tiempo y la erosión de un río pueden llegar a hacer. Ese río, el río Colorado, a su paso por el lugar, ha ido desgastando poco a poco el terreno hasta llegar a la profundidad que la zona tenía hace un millón de años, esculpiendo esa especie de «montañas rocosas» que le caracterizan. La gran mayoría de esas rocas han sido originadas por la sedimentación de arena o lodo que, poco a poco, han ido posándose en capas de diferentes colores, las cuales, además de dar un aspecto muy bello y colorido, dan pistas de la edad del mismo y de su proceso de formación. Algo parecido a los anillos en el tronco de un árbol una vez que este se corta. Son la memoria del paso del tiempo, la pista que lleva al inicio, la señal de que la vida ha pasado por ahí dejando su huella.

Yo creo que nos ocurre lo mismo a las personas. El paso de los años va haciendo su papel. Nos erosiona y «da forma», dejando que los acontecimientos vayan posándose en nosotros en forma de capas, unas sobre otras, cada una de un color o un grosor determinado. El conjunto de esas capas sedimentadas y superpuestas es nuestra vida. Somos ese proceso de erosión y sedimentación producido por el paso de los años.

Pero estamos en tiempos de mucha erosión sin poca sedimentación. No paramos quietos, no dejamos que la vida, en su roce contra nosotros, a veces algo alocado, vaya asentándose para formar cada una de las capas a través de las que podemos hacer lectura de nuestra vida. Salimos de una experiencia y ya estamos con la siguiente. Si algo nos ha ido bien, queremos más. Si algo nos ha ido mal, ansiamos pasar rápidamente a otra cosa para evadir el dolor o el malestar. Nos quejamos de que la vida no nos deja tiempo para parar, pero tampoco es que nosotros tengamos mucho interés en hacerlo. A veces hasta nos asusta dejar que todo lo que ha podido suceder en nosotros vaya «cayendo al fondo» y buscando el sitio desde el que poder «hablarnos» cuando reparemos en ello. Ya nos hemos acostumbrado a la vorágine del día a día, y no sentirla nos parece hasta raro e, incluso, inconveniente.

Para mí, la oración es clave para evitar esta rapidez en la que estamos sumergidos. Es el momento ideal para dejar que todo sedimente, que la vida no nos pase de largo. He aprendido a rezar con menos discurso y más contemplación de esos sedimentos. En esos íntimos momentos de oración observo, con serenidad y curiosidad, de qué manera el paso del tiempo me ha ido construyendo a base de capas diferentes. Repaso, releo, voy palpando cada una de ellas, rememoro el dolor de algunas, me regocijo con otras, dejo que la duda y la pregunta me asalten cuando paso por otras tantas… y en todas ellas siento la presencia del Señor que me quiere como roca fuerte sobre la que edificar su casa: «Así, todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó, porque estaba construida sobre roca».

Erosión y sedimentación… de ahí, durante años y años, con minuciosidad y tesón, salió algo tan extraordinariamente hermoso como el Cañón del Colorado… Imagínense lo que saldrá de nosotros si dejamos que ambos fenómenos nos moldeen mientras vivismos y si, además, dejamos que ocurra de la mano del Señor.

A Dios le gustan los números

EL MILAGRO

Siento predilección por las películas de ciencia-ficción. Especialmente las que, además de espectaculares efectos especiales, tienen un profundo mensaje que decirnos.

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