LOS RITOS FUNERARIOS EN LA CULTURA JUDÍA
No realizar los ritos funerarios adecuados sobre una persona muerta equivale a hacerla objeto de un desprecio irreparable, lo cual solo se puede justificar si dicha persona ha sido previamente reprobada y expulsada de la comunidad a causa de algún comportamiento inadmisible. Tal suele ser el caso de los criminales condenados a muerte por delitos especialmente graves.
En la cultura judía se acostumbraba a enterrar a los muertos poco tiempo después del fallecimiento; muchas veces en el mismo día. Es probable que esta costumbre tenga que ver con el deseo de que la impureza producida por el contacto con el cadáver se extienda lo menos posible. El cuerpo era lavado y perfumando por las mujeres más honorables de la familia, todos sus orificios eran taponados con cera u otro material y se le envolvía completamente con tiras de tela. A continuación se le colocaba en un ataúd y se le llevaba en procesión, con señales de duelo, a la tumba familiar. Esta solía consistir en una cavidad o galería amplia, excavada en la roca, en cuyas paredes había nichos o repisas donde se colocaban los ataúdes de los miembros recientemente fallecidos. Al cabo de unos años se abría el ataúd y se depositaban los huesos en pequeñas urnas de piedra, con el fin de que nunca faltara sitio para los familiares que morirían en el futuro.
Tanto en la tradición israelita como en la sociedad judía antigua, la familia era el grupo de solidaridad básico que más contribuía a la formación de la identidad individual. De ahí que también en la muerte se quisiera preservar la relación de pertenencia a este grupo. La expresión “reunirse con los antepasados”, que con tanta frecuencia aparece en los escritos bíblicos en referencia a la muerte de una persona, significa literalmente ser enterrada junto a todos los miembros ya fallecidos de la línea familiar.
En consonancia con esta forma de pensar y de sentir, un entierro digno entre los judíos requería necesariamente que el difunto fuera depositado junto a los suyos, en la tumba familiar, y que al menos algún representante de la familia o de los amigos más cercanos hicieran duelo por él.
Según Marcos, Jesús fue enterrado por un miembro del Sanedrín, del que solo se nos dice que esperaba el reinado de Dios. Este personaje, perteneciente al grupo de los que condenaron a Jesús, envuelve su cuerpo en una sábana nueva y lo pone en un sepulcro excavado en la roca. Ningún familiar ni amigo hace duelo por él. El sepulcro no parece pertenecer a nadie. Se tiene la impresión de que José de Arimatea se limita a cumplir las normas de la Ley judía, probablemente enviado por el propio Sanedrín. Estas normas prescribían que los ejecutados fueran descolgados y enterrados antes de la puesta de sol. Mateo convierte a José de Arimatea en un discípulo (Mt 27,57) y Lucas afirma que a pesar del ser miembro del Sanedrín era un hombre justo y no había dado su consentimiento a la condena de Jesús (Lc 23,50-51). Ambos evangelistas subrayan que el sepulcro era nuevo, es decir, que no había ya en él otro cuerpo. Su interés por este dato puede ser el de afirmar que Jesús no fue indignamente arrojado a una fosa común y, quizás también, anticipar en el relato las condiciones necesarias para que el descubrimiento del sepulcro vacío la mañana del Domingo tuviera sentido.
Juan ya ni siquiera dice que José de Arimatea fuera miembro del Sanedrín. Lo presenta directamente como discípulo de Jesús, aunque mantuviera esta condición en secreto por miedo a los judíos (Jn 19,38-41). Según este evangelista, Nicodemo, otro conocido de Jesús, ayudó a José en el proceso de la preparación del cuerpo y la sepultura. Le ungieron con ingentes cantidades de perfume y lo envolvieron con vendas de lino, según la costumbre judía. El sepulcro donde lo enterraron también era nuevo y estaba situado en un entorno discreto y amable: un huerto.
En cualquier caso hemos de suponer que, según los estándares de las costumbres funerarias judías, el cuerpo de Jesús fue tratado de forma no digna. No fue enterrado en una tumba familiar y ningún pariente o amigo hizo duelo por él. No sabemos si sus discípulos intentaron hacer algo al respecto. Pero, aunque lo hubieran intentado, la autoridad romana se lo habría impedido.
En todo este panorama anteriormente descrito, en los cuatro evangelios aparecen las mujeres:
La mujer que unge a Jesús (Mc 14,8): «Se ha anticipado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura.» Aquí el llorar es signo de duelo
- Jn 11,33-36: «Viéndola llorar (a Marta) Jesús y que también lloraban los judíos que la acompañaban, se conmovió interiormente, se turbó»; «Jesús se echó a llorar“; «Los judíos entonces decían: ´Mirad cómo le quería´“.
- Jn 20,11: «Estaba María junto al sepulcro fuera llorando“.
- Jn 20, 13.15: «Le dice Jesús: ´Mujer, ¿por qué lloras?´».
- Lc 23, 27-28: «Le seguía una gran multitud del pueblo y mujeres que se dolían y se lamentaban por él. Jesús, volviéndose a ellas, dijo: ´Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos´”.
En contraste con Mc 14,50: «Y abandonándole huyeron todos”, el evangelista presenta Mc 15,40-41: «Había también unas mujeres mirando desde lejos, entre ellas, María Magdalena, María la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé, que le seguían y le servían cuando estaba en Galilea, y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén“. En la versión de Mateo: Mt 27,55-56: «Había allí muchas mujeres mirando desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle. Entre ellas estaban María Magdalena, María la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo“; Mt 27,61: «Estaban allí María Magdalena y la otra María, sentadas frente al sepulcro».
Y Juan también se une a evidenciar esta presencia femenina: Jn 19,25: «Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena».
Las mujeres ¡siempre presentes! en “las buenas” (ministerio de Jesús) y en “las malas” (pasión y muerte).


