La figura de María en el Nuevo Testamento presenta un progreso en la percepción de su ministerio: pasa de ser identificada principalmente por su maternidad en los evangelios sinópticos a recibir el título teológico de Mujer en el evangelio de Juan.
En las tradiciones más antiguas, María es presentada fundamentalmente a través de su vínculo materno con Jesús. Pablo ofrece la referencia más temprana al mencionar que el Hijo de Dios fue «nacido de una mujer» (Gál 4,4), subrayando la fragilidad humana y la inserción de Jesús en la historia. Marcos, por su parte, es el primero en nombrarla, aunque la mantiene dentro de un marco familiar referido al discipulado (Mc 3,31-35; 6,3). Mateo presenta a María como la madre del heredero davídico. El relato se centra en el cumplimiento de las profecías (Mt 1, 23) y destaca constantemente la unión indisoluble entre «el niño y su madre» (Mt 2,11.13.14.20.21). Lucas es quien más profundiza en su figura, presentándola como la «madre de mi Señor» (Lc 1,43) y la «servidora» que acepta la palabra (Lc 1,38). Lucas eleva su maternidad al plano de la fe: dichosa no solo por haberlo concebido, sino por escuchar y cumplir la palabra de Dios (Lc 8,21; 11,27-28).
En el evangelio de Juan aparece bajo el apelativo «Mujer» (gynai) situándola en los dos momentos clave que abren y cierran su obra: Caná y la Cruz. En Caná (Jn 2,4) ante la falta de vino, Jesús le dice: «Mujer, ¿a mí y a ti, qué? Todavía no ha llegado mi hora». Lejos de ser un desprecio, este título señala que María no interviene simplemente como madre biológica, sino en una función teológica ligada a la «hora» de Jesús. Ella es quien prepara la fe de los discípulos al inicio de los signos. Al pie de la Cruz (Jn 19,26-27) en la culminación de la hora, Jesús vuelve a llamarla «Mujer» al entregarla como madre al discípulo amado: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Este apelativo establece una inclusión literaria que vincula el inicio y el fin de su ministerio y refiere una eclesiología que se desprende de la resurrección.
El término «Mujer» en el evangelio de Juan no es casual; posee una densa carga mesiánica y eclesial que trasciende la mera relación filial: hace referencia al Génesis al evocar a la «mujer» de la promesa original (Gén 3,15) cuya descendencia vencería a la serpiente (mal). También hace referencia a Sión bajo la figura «Hija de Sión», el pueblo de Israel que finalmente engendra al Mesías y se abre a la Iglesia. Esto último se completa al ser recibida por el discípulo, al ser proclamada como madre de todos los creyentes y, así, figura de la Iglesia.
En conclusión, la figura de María en el Nuevo Testamento presenta una evolución teológica transitando desde la discreción de los primeros escritos hasta la profundidad simbólica del cuarto evangelio. Así, la importancia de María en la actualidad trasciende su papel histórico, proyectándose como una figura central en el camino de fe y la identidad de las comunidades cristianas. María es considerada el modelo de vida creyente para la Iglesia entera. Se la describe como aquella que escucha la palabra de Dios con un corazón leal, la retiene y da fruto con perseverancia. En los evangelios, ella no es un personaje episódico cuyo papel terminó, sino una «servidora de la palabra» que sigue inspirando el camino de fe actual.
A través del cántico del Magnificat que presenta el evangelio de Lucas y que hace eco a la oración presentada por Ana, la madre de Samuel, María es vista como la voz de la «revolución de Dios». Su cántico subraya que el proyecto de salvación de Dios no es ajeno a las realidades sociopolíticas, sino que implica una inversión de las situaciones injustas donde los pobres son exaltados y los poderosos derribados. Esta dimensión la convierte hoy en un referente de liberación para los oprimidos y desamparados. De ahí las numerosas advocaciones y santuarios que son centros de peregrinación mundial.
María conserva hoy su importancia como el acceso a la buena nueva de la salvación y como una figura que, al estar plenamente asociada al misterio de Cristo, ayuda a explicar el sentido del misterio humano.


