Después de algún tiempo marcado por las vicisitudes de la vida retomo este espacio con el ánimo de no distanciarlo tanto de ahora en adelante. Lo escribo el 1 de octubre, día de Santa Teresita y a ella me encomiendo en su sencillez y en esa vocación del amor universal que le ayudó a entender su propio lugar en el mundo: “En el corazón, de mi madre la Iglesia, yo seré el Amor”.
De ese amor que parece que estamos faltos últimamente, en estos tiempos donde la miseria y la falta de empatía nos separa cada vez más del prójimo. Entendemos toda la realidad en clave de confrontación, sin ánimo alguno de acercar posturas. Y desde ese prisma catalogamos todo lo que vemos haciéndole un flaco favor al mosaico de la vida. Todo está transido de confrontación, de malos modos, de faltas de respeto, del “y tú más” ¿Hasta cuándo soportaremos esta situación? Para un cristiano no es de recibo odiar al otro porque su visión de la vida sea diferente, ni en política, ni en su manera de pensar o ni por su forma de amar. El amor y el perdón se lleva en el Evangelio al infinito. “Hasta 70 veces siete”. Cercenar la diferencia nos lleva al autoritarismo, al creernos mejores que los otros, a la mal entendida pureza que no es más que otra manifestación de la soberbia. Por ello, hoy más que nunca, no debemos dejar a un lado el necesario diálogo en todos los ámbitos de la vida.
La semana pasada veía en el Centro Conde Duque la propuesta de Rodrigo García Están jodidos/dicen que se alegran. Ver la puesta en escena de esta performance me hizo caer en la cuenta del mundo en el que vivimos, del espacio que hemos construido para habitar y de la dificultad que encontramos para poder sobrevivir en él. A través del arte, la música, las palabras afiladas, las idas y venidas de los protagonistas, la palabra se hace acción sobre las tablas. Y comienza el diálogo con el público, aunque mucha gente no aguantara la embestida y abandonara la sala. Como en la vida misma.

Siempre es una alegría poder asistir a nuevas propuestas culturales de la índole que sea. Por eso, que este último fin de semana los cines se hayan llenado es una alegría. Porque cuando entramos en una sala oscura en estos tiempos de pantallitas, flashes y alucinaciones, optamos por parar el tiempo, por prestar atención, por asistir juntos a un evento. Vi La bola negra de Ambrossi y Calvo el pasado domingo, en una sesión matinal llena de gente. La mayoría asistimos a la proyección que dura dos horas y media subyugados por la historia y las imágenes. A veces hay que ver las cosas antes que el ruido constante oscurezca la propuesta. El arte es así, gusta o no gusta, llega o no, emociona o nos deja fríos. El arte es realidad, política, la propia vida ficcionada. Me emocionó esta “bola negra”, consiguió que disfrutara en el cine, me hizo pensar. No es espacio este para desarrollar una crítica, ya hay muchas y también está todo el ruido, el que se formó antes del estreno y el que acompañará a la cinta en la temporada de premios. El que formarán unos y el que alimentarán otros. Pero eso es otra historia. Siempre nos quedará la belleza, la ternura y la nieve.
También está la capacidad que tenemos de reinventarnos, de principiar, de comenzar de nuevo. De bien, en mejor. Y si miramos la realidad con los ojos del Evangelio solo hay un camino, el del amor. Otros dirán que es puro “buenismo”. Otros lo “políticamente correcto”. Allá cada cual con sus juicios y sus adjetivos. Esta misma mañana escucho las declaraciones de León XIV al referirse al auge de la ultraderecha en Alemania y explicar que esta “a menudo combina sus postulados con cierta forma de religiosidad que no constituye una expresión auténtica del cristianismo” y animó a entender que “los valores del Evangelio, no se basan en el odio ni en la división, sino en la comprensión, la compasión y el acompañamiento”. Algunos lo llamarán “pensamiento débil”, yo vuelvo al corazón de la Buena Noticia como guía y faro.
Vuelvo en tren de mi pueblo, Trigueros, en la provincia de Huelva, después de presentar La escuela en llamas, mi último libro, que va sobre educación, fe y cultura. En la presentación pude contar con las directoras de los centros educativos del municipio y compartimos un diálogo rico en sugerencias y desafíos. Cada uno entendemos la educación de una manera, pero todos compartimos la ruta en la que confluyen muchos de nuestros pensamientos.

Ahora vuelvo a Ávila que de nuevo será mi casa los próximos meses, quizás años, lo que la Providencia vaya marcando. En el tren escribo estas líneas mientras contesto mensajes, me pongo al día con el correo y leo a retazos Inventario de lo que queda cuando el bosque arde de Michele Ruol. Dejo que ese inventario de soledades cierre estas líneas y dejo espacio también para que la belleza siga salvándonos de tanta barbarie.


