La vida últimamente nos empuja a cada abismo que es complicado ajustarse a sus tiempos y poder hablar de todo lo que nos ocupa, porque todo es urgente, importante o, en el peor de los casos, dramático y trágico, y ese precipicio nos deja sin palabras. Estamos en una continua situación de peligro que se exacerba cada día y se amplifica con las noticias que nos llegan desde las distintas pantallas en las que nos miramos. Escuchaba el otro día el podcast Amiga date cuenta dirigido por las periodistas Noelia Ramírez y Begoña Gómez Urzaiz, en el que utilizaron la expresión de que estamos en una continua etapa de ES-ALERT esperando que suenen los teléfonos ante un nuevo peligro, ante una situación que vuelva a sacarnos de nuestras casillas por enésima vez. Y eso nos deja en una situación de protección constante ante un posible peligro que no sabemos ni siquiera prevenir o identificar.
Paseando el otro día por mi carrete me encontré con la fotografía que ilustra esta reflexión y que hice allá por el año 2017 cuando visitaba el valle de Baztán con una amiga. En uno de los lugares que vimos, una especie de ruinas que no sé muy bien dónde estaban, se encontraba una señal con esta leyenda: “Peligro indefinido”. Me hizo gracia el concepto de indefinición que tenía ese peligro que abría un arco que iba desde la caída, al posible resbalón, o quién sabe, a algo más grave que aún no estaba definido. Lo curioso de la señal es que marcaba el peligro aunque no concretara su alcance. Me pareció entonces, y me lo sigue pareciendo ahora, que la propia vida es eso, un constante camino por sendas peligrosas de las que no somos conscientes. Ya lo decía la Gaite, que “lo raro es vivir” Y gracias a Dios es así porque, a veces, sería imposible vivir con un absoluto grado de conciencia sobre todo lo que nos pueda llegar a pasar.
Acabo de venir de la SEMINCI de ver mucho cine, unos días en los que he podido ver algunas películas muy interesantes entre las que me gustaría destacar La Gradiva de Marine Atlan, que fue la película revelación y Gran Premio de la Crítica en el último Festival de Cannes. La cinta se mueve en la cuerda floja de la definición del peligro que acecha a sus protagonistas, a veces indefinido, otras explícito. Apoyándose en la vida de unos estudiantes en el viaje de fin de curso, la directora le toma el pulso a la sociedad que a veces no sabe por dónde va, ni tiene un determinado rumbo, o quizás lo tenga pero está más cerca de la deriva que del buen puerto. Todos los personajes adolecen de la lucidez necesaria para atender a los problemas que les acechan y, en medio de esa ingenuidad, intentan vivir y buscar el sentido de la belleza, del sentido de la vida, de la transcendencia y del amor primero. Tal vez como hacemos todos en el desarrollo de nuestra existencia, por eso las películas que logran atrapar la magia de lo sencillo, de lo cotidiano, son las que más se acercan al misterio, al más profundo centro de lo real.
El paralelismo con la ciudad de Pompeya nos hace ver ese peligro indefinido que cayó sobre sus habitantes cuando erupcionó el Vesubio. Gradiva, el título de la película viene del latín gradivus que significa “la que avanza o camina hacia delante” y hace referencia también a un bajorrelieve encontrado en Pompeya de una figura femenina que anda con elegancia. Quizás la vida también tenga mucho que ver con caminar con elegancia, que también puede ser sinónimo de verdad, con esa certeza de tomarnos en serio los pasos que damos.

En uno de los descansos cinéfilos me enteré de la tragedia de los trenes en Urda. Se me cortó el café y también el cuerpo reviviendo la presencia de la muerte de nuevo en primer plano, en medio de las vías, con los mismos trenes que he cogido infinidad de veces desde Córdoba a Madrid o desde Madrid a Sevilla o Huelva estos últimos años. Se me encoge el corazón con cada una de las víctimas, sus vidas, sus sueños y la cotidianeidad que se rompe de manera brusca, como una navaja que se clava en el corazón, de repente, súbitamente. Desde la anterior tragedia de Adamuz la vida nos había cambiado, pero no esperábamos este nuevo golpe del destino a fuerza de la falta de cuidado de las infraestructuras, los vaivenes de la gestión y la avaricia de lo rentable. Perdemos normalidad y ganamos miedo, abandonamos la confianza y nos agarramos a la indignación. Sin saber muy bien qué esperar de unos servicios que siempre han funcionado con relativa normalidad y que se han ido deteriorando a golpe de desidia, equívocos y falta de inversión y gestión. No sabe uno cómo andar, ni como mostrarse cuando ocurren estas cosas. A veces cuesta mantener la elegancia, la certeza de que vale la pena ponerse en pie cada día, salir a la calle y seguir la vida como si nada.
Pensaba en los discípulos de Emaús, en sus cuitas y en sus problemas, y en esa llamada a volver a Galilea después de asistir al milagro de la mesa compartida. Y, quizás, ahí esté la clave, en volver a creer en los milagros cotidianos, en esas epifanías olvidadas, en cuidar nuestros gestos, nuestras palabras, nuestras decisiones, con entereza y determinación, como diría Teresa. Sin caer en el cinismo de mirar hacia otro lado, de pensar que siempre les ocurren las cosas a los otros. Porque la vida nos mancha a todos y no podemos optar, desde la fe, a mirar hacia otro lado, porque haciéndolo nos desencarnamos, perdemos el mismo centro de nuestra salvación, el misterio y el milagro de un Dios que se hace hombre para caminar a nuestro lado. Con elegancia.


