Hace poco he comenzado el bloque de Mecánica con mis alumnos de Física y
Química de 4º de ESO. Lo estoy disfrutando. Siempre lo he pasado fenomenal
enseñando esta rama de la Física que estudia el movimiento de los cuerpos (y
eso que mi especialidad es la Química).
Cuando empiezo a trabajar con ellos el tema, lo primero que hago es explicar
determinados conceptos que es absolutamente necesario tener claros antes
de meterse uno en la faena del estudio del movimiento de los cuerpos. Uno de
estos conceptos es el de sistema de referencia.
Se define sistema de referencia como (cito textualmente) “el conjunto de puntos
fijos y ejes de coordenadas utilizado por un observador para medir la posición,
velocidad y otras magnitudes físicas de un objeto en movimiento o en reposo”.
El sistema de referencia es fundamental para definir cómo se mueve un
cuerpo. ¿Por qué? Pues porque el movimiento es relativo. Si yo me pongo a mí
misma como sistema de referencia puedo establecer qué está en movimiento y
qué no. Pero si el sistema de referencia lo pusiéramos fuera de la Tierra (es
algo exagerado, lo sé), la cosa cambia, pues no solo están en movimiento
aquellos objetos que yo ya veía moverse, sino que yo también lo estoy. Así
que, antes de estudiar cómo se mueve un cuerpo, tenemos que determinar
dónde nos vamos a situar para observarlo, pues eso nos permitirá definir su
posición, su trayectoria, el sentido del movimiento, etc. Debe ser así si
queremos llegar a lo que ocurre de una manera objetiva que nos permita
acercarnos a “la verdad”. Al menos ese es el papel de la ciencia, que no se
mueve por pareceres sino por datos observados que llevan a conclusiones
concretas y demostrables. Establecer el sistema de referencia es como definir
las reglas del juego para que todos podamos seguir un mismo patrón que
aceptamos unánime y libremente porque sabemos que es la única manera de
disfrutar sin llegar a malentendidos ni caos.
En estos tiempos que vivimos estamos perdiendo los sistemas de referencia.
La riqueza de la diversidad pierde su valor porque nuestro afán no está en
buscar la verdad, sino en poner el sistema en cada uno de nosotros y, desde
ahí, juzgar qué sí y qué no. Si el sistema de referencia es relativo, la verdad se
pierde, lo absoluto se relativiza y surge, no la riqueza, sino la discordia.
Los cristianos lo tenemos “fácil”: Jesús es el sistema de referencia. Y en eso
jugamos con ventaja. Mirar la vida desde Jesús es “garantía de éxito”, y cuando
digo éxito me refiero a acertar en la forma de vivir la vida. Poniendo a Jesús
como esa referencia necesaria, ya no se trata de mí ni de ti, de lo que pienso,
de lo que piensas… Se trata de la verdad que lleva a la auténtica felicidad, la
que solo Dios puede dar.
La vida nos pone a prueba tantas veces que llega un momento en que dudas si
es por aquí o por allí. Te preguntas, te respondes, te miras, miras tu vida, te
vuelves a preguntar, te vuelves a responder… y entras en un círculo en el que el
sistema de referencia salta de un lado a otro sin que llegues a nada en
concreto. Pero, cuando lo pones en Jesús, la luz llega. Ves el camino y
alcanzas algo que podría llamarse serenidad, porque comprendes cómo tu vida
se debe mover para que llegues a aquello para lo que, al final, has nacido: ser
feliz, auténticamente feliz. Y eso, a veces, supone renunciar a nuestras propias
convicciones, opiniones y emociones, porque desde el sistema de referencia
que como cristianos tenemos quedan desechadas del “movimiento” que es la
vida. De la misma manera que un científico renuncia a decir lo que a él le
parece que son las cosas para decir lo que éstas son en verdad, le guste o no.
Me pregunto para qué andar como locos buscando el norte si el norte ya vino a
encontrarse con nosotros. Jesús es nuestro sistema de referencia por
excelencia. Y nosotros ahí seguimos, poniendo el sistema de referencia en
otras cosas, otras personas, otros ideales… y más perdidos que el barco de los
vikingos.


