LA CULTURA DE LO INVERTEBRADO

La columna vertebral[1] proporciona ese soporte estructural que nos permite girar, doblar y tener el cuerpo erguido para poder andar y así liberar las manos. Es un prodigio biológico que hace posible mantenernos en pie. Esa misma columna protege la medula espinal, parte sumamente vulnerable de nuestro cuerpo, tanto que cuando queda seriamente dañada sabemos que algo grave acontece en la persona que lo padece.

Por paradójico que nos parezca, responder de la vulnerabilidad de cada cual es vivir de forma vertebrada, sin dar la espalda a la realidad que tantas veces queda escondida tras una cierta capa de representación social: el bueno de la clase, la lista, el despistado, la sociable. La fragilidad no es algo que haya que esconder sino un dato de la realidad de cada persona. Y esta cultura que tan a menudo surfea por la superficie de las cosas ha ocultado nuestra propia fragilidad, quizá porque la encuentra fea y poco presentable.

Pareciera que la pandemia iba a ser un aviso para poder reconciliarnos con esa verdad que acontece en el interior de nuestra existencia: somos vulnerables y por eso nos necesitamos los unos a los otros. Pero el deseo por recuperar la normalidad anterior a 2020 se ha convertido en una carrera vertiginosa por regresar a un escenario donde todo es posible porque somos simplemente libres y podemos hacer lo que queramos, sin restricciones de ningún tipo. Pobre mentira con la que nos consolamos.

Cuesta admitir que en la fragilidad radica una de las claves de la intensidad de lo humano, que ser vulnerables nos iguala y vincula para tejer redes de convivencia. Vertebrar el colegio, la casa, el barrio y el mundo supone hacerlo desde sujetos vertebrados; esto es, sujetos conscientes de su radical indigencia y necesidad. ¡No somos perfectos!, esta es la buena noticia; y, sin embargo, se convierte en aquello que no se puede mencionar.

El escritor francés Jean-Charles Bouchoux afirmaba hace unas semanas en una entrevista que lo esencial es darse cuenta de que en nuestra imperfección radica nuestra propia felicidad. Aceptar nuestras imperfecciones es contar con un inestimable cable a tierra que nos conecta con la realidad que somos y nos permite distanciarnos con prudencia de aquellos ideales que no nos dejan crecer. Es saludable tener ideales, es necesario vivir con ideales, pero no lo es sustituir la realidad por un mundo ideal que no existe. Quedar colgados en el ideal absoluto es abrir una fosa de fracaso existencial difícil de sobrellevar.

Estamos expuestos a la enfermedad, al dolor, a la violencia intolerable, al colapso del planeta; y como tanta mala noticia nos aturde preferimos ocultar la fragilidad y representarnos como esos seres que seguimos adelante pese a quien pese, haciendo reales nuestros pequeños y grandes sueños. Ese es el gran colador de la cultura invertebrada que produce sujetos individualistas ejerciendo la gimnasia del avestruz: oculta la cabeza debajo de los reclamos del momento, oxida la capacidad de reflexionar por sí mismo, renuncia al  pensamiento crítico y, de este modo, termina afirmando: «lo sé, pero mejor hagamos como que no lo sabemos». No soportamos tanta realidad endeble.

Los seres invertebrados, en fin, son aquellos que transitan por la vida sin un eje ético en el que apoyarse y dar consistencia. El invertebrado se siente a sí mismo una realidad absoluta: ab-suelta, esto es, desligada de todo y de todos, sin necesidad de relaciones, sin referencias consistentes o, en todo caso, escorado hacia la autorreferencialidad más líquida. Doblegarse ante las necesidades del mercado será el legado de este tipo de individuo hueco.

Los datos escalofriantes que nos informan sobre los problemas de salud mental de los menores deberían hacernos reflexionar. Las señales de alarma no solo tienen una vertiente sanitaria, que hay que abordar con urgencia y recursos. Igualmente, desde el punto de vista cultural y educativo, supone una seria llamada de atención sobre nuestra capacidad para colocar cables a tierra en nuestras aulas. Es la llamada a partir de la realidad que somos y saber abrazarla con ternura y gratitud. Tal vez sabernos frágiles nos abra a la posibilidad de vincularnos unos a otros desde una disposición de ayuda mutua y cuidado.

Una educación vertebrada es la que convierte la fragilidad en fuente de sentido y construye un tipo de persona y de convivencia capaz de volar alto porque se encuentra bien enraizada.


[1] Buena parte de esta reflexión escrita la debo a la lectura del libro de LOLA LÓPEZ MONDÉJAR, Invulnerables e invertebrados, Barcelona, 2022, Anagrama. De recomendable lectura.

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