EL PASO. DONDE SE DIRIGEN LOS OJOS

La dimensión religiosa de los cristianos está llena de una cristología creada por el pueblo como plasmación de su confianza en un Dios sufriente que acompaña a los marginados que habitan las periferias de la sociedad y que se encuentran hundidos en los infiernos de la existencia. Tenemos una larga hilera de nazarenos, cristos flagelados o con la cruz a cuestas, crucificados agonizantes o yacentes en brazos de la Dolorosa, su Madre. Ellos permiten descubrir al espectador la realidad del Varón de dolores, del Siervo de Yahveh en su anonadamiento más real. Ellos nos actualizan la Encarnación. Esas imágenes han sido acusadas de un dolorismo exagerado que interpreta el hecho cristiano desde el Viernes Santo y que se encuentra imposibilitado de llegar hasta la Pascua. Puede que ese diagnóstico resulte certero en algunas ocasiones, pero es preciso recordar que la tradición de la Iglesia primitiva unía en una única celebración todo el misterio pascual expresado en los diversos días del Triduo Pascual. Es preciso recordar la vivencia popular de valorar la fe en la Resurrección, sin olvidar los rasgos más sobresalientes de la humanidad de Jesús.

El cristiano no puede preocuparse exclusivamente de su propia salvación, sino que tiene que sentirse enviado a anunciar el mensaje de Jesucristo. El tema de la evangelización es crucial en estos momentos de la Iglesia y de la sociedad. La comunidad eclesial no puede quedarse para sí sola el tesoro que representa el Evangelio. El magisterio de la Iglesia lo ha afirmado en repetidas ocasiones desde el sínodo de 1974 y la Evangelii nuntiandi. Se trata de dar testimonio de Jesús, «el primero y más grande evangelizador» (EN 6), sin entender la evangelización en sentido abstracto, sino desde la concreción histórica de Jesús de Nazaret hasta nuestro momento y nuestra sociedad.

No podemos negar que un mundo cambiado y cambiante exige de nosotros nuevas formas de evangelizar, un nuevo modo de ser Iglesia para el mundo e incluso una nueva manera de consagración de los bautizados. La Iglesia es constitutivamente misión y su misión es evangelizar (cf. Hch 1,8). Para evangelizar a los demás, lo primero será evangelizarnos a nosotros mismos, acogiendo en nuestro interior la bondad misericordiosa de Dios y dejándonos configurar por ella para acercarnos al mundo con entrañas de compasión. En un segundo momento, es necesario mirar al hombre que nos acompaña en este mundo globalizado y tecnificado, con nuevos ojos; con una mirada que no se hace desde lo alto de la muralla de una forma distanciada y protegida, sino con una cercanía comprometida con la realidad dolorida y desorientada de nuestro mundo, dejándonos conmover por la brutalidad de sus heridas.