REPRESENTACIONES DE OTRAS HERMANDADES. UNIDAD EN LA DIVERSIDAD

Una condición básica para la evangelización es la comunión. Tal y como se expresa en Jn 17,21[1], se trata del signo esencial para la misión de la comunidad que se siente evangelizadora. Hace muchos o pocos años recibimos el don de la fe, que nos hace permanecer abrazados a nuestras imágenes y a nuestras tradiciones; este regalo es de Dios, pero no es solo para nosotros, sino que tiene una finalidad concreta: servir la comunión, dejando el individualismo que nos ahoga en nosotros mismos, para iniciar el camino de la fraternidad solidaria. Lo hemos recibido para darlo y esa donación no se puede realizar en soledad sino en compañía de otros. Cuando miembros de otras cofradías nos acompañan, visibilizan la comunión eclesial y fraterna de todos los que sentimos con un mismo corazón.

Somos muchos los que podemos caer en el peligro de reducir la vida eclesial a un mero formulismo exterior sin plantearnos la esencia de lo que hacemos año tras año. La única solución para evitar este peligro es la autenticidad, que implica un diálogo en la sinceridad y en la veracidad. El diálogo que se realiza de esta manera crea las condiciones positivas de crecimiento en lo común; es verdad que esta comunicación sincera y gratuita no puede quedar reducida a un puro deseo, sino que es preciso crear o afianzar estructuras reales que lo hagan viable y faciliten su fluidez[2]. Tenemos que profundizar en una dinámica interna que sea el resultado de las relaciones personales y grupales, que se producen en la misma comunidad de fe. Esta dinámica ha de ser configurada desde algunos elementos: la disposición de ánimo de los cofrades de las diferentes hermandades, la claridad en los objetivos para que nuestras procesiones sean realmente evangelizadoras, la participación directa de la mayor parte de los miembros en la toma de las decisiones, la autovaloración positiva de todos como miembros de un grupo comunitario que es significativo para la sociedad de nuestra ciudad, la dialéctica entre homogeneidad y heterogeneidad de todos los grupos y, principalmente, la profundización en las raíces del proceso mediante el cual transmitimos los sentimientos y los pensamientos a los otros, a través de los medios de expresión, formales o informales, que utilizamos.

Los que ven la procesión observan con extrañeza a esos representantes multicolores que nos acompañan. Son bastante más que amigos o compañeros: son la expresión de que la comunidad cofrade tiene vocación por la comunión, y ellos mismos son promotores de la comunión y de la unidad. Es preciso animar a estos servidores de la comunión, haciendo que tomen conciencia de su propia misión a la unidad. Esto exige mediaciones antropológicas, teológicas y pedagógicas que acompañen este camino, que es irrenunciable si queremos seguir con el proceso de crecimiento de nuestras cofradías; solo mediante la unidad seremos más. Exige también un lenguaje y una espiritualidad peculiar, que sea levadura en medio de la masa de la humanidad contemporánea.


[1] “Te pido que todos sean uno. Padre, lo mismo que tú estás en mí y yo en ti, que también ellos están unidos a nosotros; de este modo, el mundo podrá creer que tú me has enviado”.

[2] R. PRAT I PONS, La misión de la Iglesia en el mundo. Ser cristiano, hoy, Ed. Secretariado Trinitario, Salamanca, 2005, p. 148.

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