Cuando se estudia la estructura atómica (tema que, personalmente, me apasiona) vemos las distintas teorías que, progresivamente, han intentado explicar cómo es el átomo por dentro. En esta evolución de teorías saltamos de modelo en modelo atómico, avanzando con cada uno de ellos en el conocimiento de la estructura del átomo. Es un camino muy interesante porque se va viendo que esa sucesión de teorías y modelos atómicos no es una superposición de un modelo sobre otro, sino que cada uno toma lo verdadero y bueno del anterior y lo completa con lo nuevo que se descubra. Es como recorrer un sendero hacia la verdad, sujeto al contexto de cada tiempo (en este caso, a la capacidad tecnológica y el surgimiento de nuevas y brillantes mentes que darán ese novedoso «toque»).

Uno de dichos modelos atómicos es el modelo de Bohr, mi querido y admirado Niels Bohr. Podríamos entender su modelo atómico de la siguiente manera: en el centro del átomo está el núcleo y, alrededor de él, giran los electrones en unas órbitas circulares concéntricas. Es muy parecido al modelo planetario de Copérnico, con el sol en medio y los planetas girando alrededor de él. Curiosa manera de unir lo microscópico con lo macroscópico, pero de eso ya hablaremos otro día.

Uno de los postulados del modelo de Bohr dice lo siguiente: «Si el electrón absorbe la energía suficiente, salta de su órbita a una órbita superior. Cuando deja de recibir esa energía, regresa a su órbita inicial y emite la energía sobrante en forma de radiación». Así, se dice que un átomo está excitado cuando, al menos, uno de sus electrones ha tomado energía y ha saltado de su órbita a una superior. Lo que nos pasa a nosotros si tomamos siete cafés: que estamos fuera de órbita con tanta cafeína, entrando en un estado de excitación.

Eso sí, no cualquier energía le vale al electrón para saltar de órbita. Dicha energía tiene que tener un valor determinado para que pueda producirse ese salto de una a otra órbita. Si no, no hay salto electrónico. Esto es, cuando un electrón es incidido por una radiación, tiene dos opciones: saltar a un orbital superior, si es que la energía proporcionada por la radiación se lo permite; o, si no es suficiente energía, seguir dando vueltas alrededor del núcleo.

Creo que algo de esto les mencioné o les hablé ya en algún artículo anterior, por tanto, me preguntarán que a qué viene otra vez este rollo. Pues viene porque, en mi opinión, la vida es algo así: o recibes la iluminación necesaria para saltar a otra cosa o te quedas ahí, en el mismo sitio, dando vueltas. Por eso siempre he llegado a la conclusión de que, si alguien quiere realmente provocar un cambio significativo en su vida, no puede apalancarse y cruzarse de brazos, esperando a que alguien venga a llevarle de la mano a donde quiere, o a que ocurra un milagro que lo posibilite todo, al más puro estilo «abracadabra». Hay que «exponerse», estar receptivo, despierto, activo… orbitar sin parar hasta que llegue tu rayito de luz, ese que te dará la energía suficiente para dar el ansiado «salto cuántico».

Este tiempo de Pentecostés me recuerda un poco a esto que acabo de relatar. No solo debido a lo de la radiación que incide sobre los átomos, por aquello de las llamitas que se posan sobre las cabezas de los apóstoles cuando reciben el Espíritu. Me recuerda porque creo que el Espíritu Santo es quien provoca en nosotros ese «salto cuántico» necesario para salir de nuestra comodidad y pasar a «otro nivel», aunque ese nivel sea más complicado que aquel del que venimos. Él da aliento. Encomendados a él somos más nosotros mismos y más como Dios nos soñó. No desaparecen los obstáculos, sino que aparecen las fuerzas y la esperanza. El Espíritu es esa llama que aconseja, consuela, acompaña, te ayuda a entender, a discernir, a descubrir la mano de Dios y su voluntad en cada acontecimiento.

Sal de tu zona de confort. Deja que, en este tiempo de Pentecostés, el Espíritu te arrebate de esas órbitas ya conocidas y te lleve más allá, hacia nuevas fronteras. Tú pon tu deseo de superar limitaciones, de «orbitar» en otros campos, de responder a una llamada que ruge dentro de ti… y el Espíritu, que está esperando esa apertura tuya, te dará la luz y la energía que necesitas. Feliz Pentecostés.

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