LA IMPORTANCIA DE LOS LÍMITES

Acabo de empezar con mis alumnos de 4.º de ESO el tema de cálculos con reacciones químicas. Y en este tema es imprescindible el conocimiento de una ley: la Ley de Proust o Ley de las Proporciones Definidas. Esta ley dice así: «Cuando dos o más elementos se combinan entre sí para formar un compuesto determinado, lo hacen siempre en proporciones de masas definidas y constantes». ¿Esto qué quiere decir? Bueno, si eres un poco cocinillas no te resultará difícil comprenderlo. 

Imagina que vas a cocinar cualquier receta. No sé, piensa en tu postre favorito. No solo basta con conocer los ingredientes: también necesitas saber las proporciones en las que los tienes que añadir. Si echas de más o de menos el postre no saldrá y, si sale, mejor no te lo comas. Un exceso de azúcar, o menos limón de la cuenta, o el olvido de la canela, o la escasez de la levadura… Cualquier cantidad que se salga de la estipulada hará que el postre no sepa como tiene que saber. Ya no te cuento si metes un ingrediente que no debe estar en la receta…

En el caso de la Química, la Ley de Proust viene a decir eso: las sustancias que reaccionan entre sí en un proceso químico deben hacerlo siempre en la misma proporción de masas. La diferencia con respecto al ejemplo del párrafo anterior es que, partamos de las cantidades que partamos, y aunque estas no estén en las proporciones adecuadas, la reacción transcurrirá igual. Eso sí, poniendo sus límites. Límites que señala, precisamente, la Ley de Proust. 

En estequiometría se llama reactivo limitante al reactivo que está en la cantidad adecuada para que se dé la reacción y que indicará cuánto se gastará del otro reactivo, al que se le llama reactivo en exceso. Digamos que el reactivo limitante “marca el ritmo” de la reacción y dice cuándo esta parará, aunque del otro reactivo tengamos más que de sobra. Es como si el proceso en sí pusiera los límites y dijera «hasta aquí hemos llegado».

Yo necesitaría comportarme en la vida como un reactivo limitante. Quiero decir que, de vez en cuando, me gustaría marcar mis límites y no que los pongan por mí las circunstancias, las personas o yo misma. Digo de vez en cuando y no siempre, pues soy consciente de que hay fronteras que no se deben traspasar y que no todo es posible, muy al contrario de lo que te hacen creer hoy en día algunas frasecitas tipo «tú lo puedes todo», entre arco iris y unicornios. Hay límites y de ellos se puede aprender mucho. Un límite te pone en tu sitio.

Pero, volviendo a lo que dije antes, hay momentos en los que me gustaría poner los límites yo: 

  • «No voy a hablar contigo porque no quiero hacerte daño». ¡Deja que el límite del dolor que pueda soportar lo ponga yo! 
  • «Creo que ahora estás muy cansada como para llevar a cabo tal labor». ¡Deja que el límite de mi capacidad lo ponga yo! 
  • «Pienso que estás haciéndote demasiadas ilusiones con tal cosa y deberías aterrizar un poco». ¡Deja que en mis sueños y en mis batacazos ponga yo los límites! 
  • «Creo que te quejas demasiado». ¡Deja que los límites de mi tristeza los ponga yo! 

Y así en muchas otras ocasiones. Lo que he dicho antes: me gustaría poder funcionar como el reactivo limitante, que no frena el proceso, pero sabe poner los límites adecuadamente para llegar hasta donde se tiene que llegar.

Dios no tiene límites. A veces hasta se pasa de la raya. Nada más que hay que ver la cruz. Dios no «acabó» ahí. La Resurrección hizo que la vida continuara. Una nueva vida, una vida mejor, una vida versión 2.0, no superable por ninguna otra versión.  

Repito: Dios no tiene límites. Tampoco nos los pone. Aunque sí siembra en nosotros el deseo de hacer el bien, la capacidad de reconocer dónde está la linde y la libertad para decidir si traspasarla o no ir más allá. Llegados al punto en que lo que toca es aceptar el límite, Dios se hace presente para dar sentido y hacer crecer más en nosotros la confianza y la esperanza.

Ser capaz no significa poder con todo. En un mundo que va caminando hacia la idea de convertirnos en todopoderosos, poner límites es toda una revolución. Decidir hasta cuándo y hasta dónde es el mayor de los desafíos. Y yo añadiría que también es el mayor de los poderes que tenemos. Pero nos hace falta lucidez para discernir y también valentía para marcar los ritmos adecuados y alcanzar las metas que nos hagan más humanos. 

Aprendamos de las reacciones químicas, que no van “a lo loco”. Sean cuales sean las cantidades de las que se parta, la reacción transcurrirá hacia el cumplimiento de los cálculos estequiométricos adecuados según la Ley de Proust. En ese punto alcanza su plenitud y su razón de ser, que es lo que buscamos todos en la vida. Y, en esto, solo nos puedes ayudar tú, Dios mío.

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