LAS MUJERES EN LA OBRA DE SAN JERÓNIMO

En la historia del cristianismo, a menudo se ha invisibilizado el protagonismo femenino bajo una narrativa androcéntrica. Sin embargo, fuentes históricas revelan que en los orígenes de la Iglesia, las mujeres no solo fueron receptoras de fe, sino líderes, patronas y colaboradoras esenciales en la producción intelectual y exegética.

En el contexto grecorromano, la vida de la mujer estaba ligada al ámbito privado (oikos), pero el nacimiento de las iglesias domésticas permitió que figuras como Priscila, Lidia y Ninfa ejercieran una influencia cultural y eclesial creciente. A través del patronazgo y el evergetismo, mujeres de la élite utilizaron su riqueza para financiar comunidades, rescatar prisioneros y construir espacios de culto, ganaron un reconocimiento de liderazgo similar al de los varones.

En el cado de san Jerónimo, conocido por su traducción de la Biblia al latín (la Vulgata), se sabe que no trabajó solo. En Roma, formó un vínculo estrecho con un grupo de mujeres de la nobleza que buscaban una vida ascética y de estudio profundo: Marcela, Paula, Eustoquia, Fabiola, Blesila, Principia y Furia.

Es de destacar que de las ciento cincuenta cartas que se han conservado del epistolario de san Jerónimo, cuarenta y dos, es decir, casi un tercio del total, están dirigidas a mujeres, aparte de otras cartas que hablan de ellas. Entre sus corresponsales femeninas destaca Marcela, a la que escribe un total de 19 cartas, y Paula y su hija Eustoquia, a la que envía cinco cartas, todas anteriores al año 393.

Este grupo no era un simple grupo de oración; funcionaban como una comunidad académica donde las mujeres participaban en varios niveles:

  • Copistas y transcriptoras: Se encargaban de la transcripción de manuscritos bíblicos
  • Correctoras y críticas: Revisaban las obras de Jerónimo, proponiendo ideas y correcciones que el santo valoraba y adoptaba.
  • Políglotas: Dominaban el latín y el griego, e incluso aprendieron hebreo bajo la guía de Jerónimo para acceder a los textos originales.

PROTAGONISTAS CON VOZ PROPIA

Marcela era considerada por Jerónimo no como una discípula, sino como un “juez”. Tenía un espíritu sagaz y no aceptaba explicaciones sin fundamento, lo que obligaba a Jerónimo a profundizar en sus investigaciones. Tras la partida de Jerónimo, ella se convirtió en el árbitro consultado para resolver disputas sobre textos bíblicos.

Aquí un fragmento de una carta de san Jerónimo dirigida a Marcela:

En efecto, cuando yo estaba en Roma, siempre que me veía rápidamente me preguntaba algo de la Escritura. Ella seguía el método pitagórico, no tomando por seguro todo lo que le había respondido; la autoridad preestablecida y desprovista de fundamento no tenía ningún valor para ella; sino que lo examinaba todo, pesaba cada cosa con su espíritu sagaz, de tal manera que yo tenía el sentimiento de tener en ella no tanto un discípulo como un juez. Y como era muy prudente, cuando se le preguntaba respondía de tal forma que aun de lo suyo decía que no era suyo, sino mío o de cualquier otro, de modo que aun en lo que enseñaba confesaba ser discípula. Pues conocía lo dicho por el Apóstol: «No permito que la mujer enseñe» (1Tim 2,12), y no quería dar la impresión de que hacía agravio al sexo viril y aun a sacerdotes u obispos que la consultaban sobre puntos oscuros y ambiguos.

Paula y Eustoquia fueron el motor detrás de la Vulgata. Financiaron el monasterio en Belén y, ante el cansancio de Jerónimo, lo urgieron y animaron a completar la traducción del hebreo al latín. Paula, en particular, conocía las Escrituras de memoria y prefería el sentido espiritual de los textos.

Aquí un fragmento de una carta de san Jerónimo dirigido a Paula:

Nada había más dócil que su espíritu. Era tarda para hablar y diligente para escuchar, aquel precepto: «Escucha, Israel, y calla» (Dt 27,9). Conocía las Escrituras de memoria y, aunque amaba el sentido literal, al que llamaba cimiento de la verdad, seguía con más gusto el sentido espiritual, y con esta techumbre protegía el edificio de su alma. Ella y su hija leerían a fondo el Antiguo y Nuevo Testamento, y yo se lo comentaría. Se lo había yo negado por pudor, pero ante su insistencia y sus reiteradas súplicas accedí a enseñarle lo que yo había aprendido no de mí mismo, es decir, del nefasto maestro de la presunción, sino de hombres ilustres de la Iglesia (Elogio fúnebre compuesto en el 404).

Fabiola destacó por su insaciable curiosidad intelectual, planteando preguntas complejas sobre libros como Números, lo que motivó a Jerónimo a escribir obras específicas para responderle.

La obra de la Vulgata, que ha marcado la cultura de Occidente, probablemente no habría llegado a su fin sin el apoyo intelectual y moral de estas mujeres. El proyecto jeronimiano rompió barreras al situar a la mujer en el centro del estudio exegético-hermenéutico. Hoy, su legado nos invita a construir una Iglesia donde los liderazgos se basen en el carisma y la capacidad, promoviendo una verdadera equidad al servicio a la Palabra. La relación entre Jerónimo y las mujeres del Aventino es un ejemplo temprano de sinodalidad, entendida como el trabajo colaborativo entre clérigos y laicos. Esta colaboración demostró que la exégesis y el estudio teológico no deben ser exclusivos de los varones o del clero y que el diálogo entre hombres y mujeres enriquecen la misión de la Iglesia.