PREGUNTANDO SE LLEGA A ROMA… O NO

Me comentaba el otro día la profesora de Religión de mi colegio que había salido en 1º de ESO el eterno debate sobre la creación. A esas edades en que ya empiezan a entrar en la adolescencia, pero aún no han soltado del todo su inocencia, las preguntas relativas a la religión empiezan a ser más numerosas y las respuestas que les demos son determinantes. A mí, especialmente, eso de tener que dar respuesta a sus dudas me da mucho respeto, pues quizás una respuesta poco atinada, mal elaborada o desacertada puede hacer que esa fe inocente que habían estado viviendo hasta entonces se desmorone en vez de madurar.

Las preguntas que uno de ellos hacía no tenían desperdicio: ¿Dios creó el Big Bang, y del Big Bang salió el mundo? ¿El Big Bang creó a Dios y luego Dios creó el mundo? Tras estas preguntas, el chico decidió dejar fuera de la ecuación al Big Bang, concluyendo que Dios creó el mundo y punto. Pero, claro, no contaba con que se había dejado un cabo suelto: ¿y quién había creado a Dios? Aquí torció el gesto. Se había dado cuenta de que estaba en el punto de inicio y no había logrado nada.

El arte de las preguntas es, perdonad la redundancia, todo un arte. La ciencia ha avanzado a base de preguntas. Ellas son el hilo del que se tira para desenredar la madeja. El método científico así lo contempla en sus pasos:

  1. Observar el hecho.
  2. Preguntarse acerca del mismo (ya empezamos con las preguntas).
  3. Plantear una hipótesis (la posible respuesta a la pregunta anterior).
  4. Experimentación.
  5. Análisis de datos. Si los datos apoyan la hipótesis, pasamos al paso siguiente. Si no, tendremos que volver al 3, y plantear otra hipótesis.
  6. Elaboración de leyes, teorías o modelos científicos.

Por tanto, toda investigación parte siempre de una pregunta. Sin el arte de preguntar no habríamos llegado a las tres Leyes de Newton, la tabla periódica, los modelos atómicos, los principios de la Mecánica Cuántica, las teorías sobre el enlace químico y muchas otras cosas.

Yo recurro mucho al método científico cuando en clase de Física y Química me preguntan dudas. Les obligo siempre a no divagar, sino a recurrir al método científico, que parte siempre de la observación y continúa con la pregunta. No inventamos de la nada. La ciencia no habla de objetos inexistentes. Habla de lo que miramos y de las respuestas que encontramos a lo que nos preguntamos.

En clase de Física y Química de 1º de Bachillerato surgió este tema. Como también a ellos les doy Religión, les metí la «cuña publicitaria», como les suelo decir: a veces queremos encajar el método científico en el tema religioso y nos estrellamos. Es el fallo que se comete para justificar que Dios no existe. Pero es que no podemos hablar de temas distintos (ciencia y religión) usando la misma vara de medir.

Sin embargo, aunque es verdad que hay puntos que pueden coincidir (observo lo que me pasa, me pregunto qué es, formulo una hipótesis…), hay un momento en que hay que dar un salto importante: el salto de la fe. No puedo demostrar la existencia de Dios mediante experimentos ni puedo encerrar a Dios en teorías o modelos que me ayuden a moverme en un terreno previsible.

Dios es todo lo contrario: imprevisible, inabarcable. Con Dios no hay nada por sentado. Puedo tener experiencia de Dios, intuiciones e incluso algunas certezas, pero, al final, todo queda bajo el “factor fe”. Es ella la que nos ayuda a respondernos ciertas preguntas acerca del Misterio. Y en el caso de que no logremos responderlas, nos sostiene en la búsqueda y la esperanza de Dios.

Ojalá el chico de 1º de ESO que mencioné al inicio de este artículo, ese que se preguntaba acerca de la creación del mundo, no desista en la pregunta. Mantener vivos nuestros interrogantes impide que las cosas nos dejen de importar.

Así que no perdamos la curiosidad, seamos fieles a ese «preguntando se llega a Roma». O quizás no, no se llega, pero a algún otro sitio nos llevará. Seamos como ese discípulo que le preguntó a Jesús: «Señor, ¿dónde vives?». La respuesta que encontró le cambió la vida: «Ven, y lo verás».